Ofrenda al maestro de las palabras

Por PUNO ARDILA

Al recibir la comunicación oficial del premio de la Asociación de Editoriales Universitarias de Colombia en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, mi primer acto instintivo fue buscar a quienes trazaron mi camino. En la cima de esa lista, con la prioridad que otorga la gratitud, estaba Fernando Ávila. Esperaba su llamada inmediata; no solo por el vínculo de afecto que nos unió como maestro y discípulo dilecto, sino porque, incluso entre los embates de su enfermedad, seguíamos proyectando trabajos y compartiendo la pasión por nuestro oficio.
En ese instante, pensando en el reconocimiento que recibiría precisamente bajo el marco del Día del Idioma, la memoria me trajo a doña Julia Martínez y a don Eduardo Manrique, pilares de mi infancia y de mi juventud, a quienes hubiera querido tener cerca. Sin embargo, el centro de gravedad de mi formación profesional siempre fue Fernando. Aunque nuestra comunicación era intermitente, conservaba una continuidad cálida y vital. Al enviarle la noticia y no recibir respuesta, un frío presentimiento me recorrió el cuerpo. Conocía el peso de su dolencia y el miedo a lo inevitable comenzó a tejerse en el silencio de su teléfono.
Quería que Fernando fuera el primero en saberlo porque él siempre fue el más optimista respecto a mi talento. En las aulas, cuando surgía una duda, él solía delegar en mí la primera respuesta para luego ajustarla con su maestría; era su forma de decirme que confiaba en mi criterio. Él se sentía orgulloso de mi trabajo, y yo, con el pecho en alto, me sabía parte de ese grupo pequeño de exalumnos a quienes distinguió con su afecto y la dedicatoria de sus libros.
Lamentablemente, el destino tiene sus propios ritmos. El aviso de su partida el 18 de abril llegó apenas días antes de la ceremonia de entrega. Me queda la melancolía de no saber si alcanzó a leer el mensaje con mi noticia, pero me asiste la certeza de que su fe en mí no necesitaba de anuncios oficiales.
Fernando Ávila no solo fue mi guía; fue el gran formador de Colombia y un referente ineludible del buen uso de nuestra lengua. Hoy, ante su ausencia física, entiendo que el mayor valor de un reconocimiento es la oportunidad de honrar al maestro antes de que cierre su ciclo vital.
Maestro: teníamos planes para este año, que la muerte dejó en suspenso. Este premio era la excusa perfecta para retomar nuestras charlas, pero ahora se convierte en un tributo póstumo. Gracias, Fernando. Esta es mi ofrenda para ti; la entrego al viento con la esperanza de que, donde sea que te encuentres, recibas el eco de este triunfo que es, en esencia, tan tuyo como mío.

@PunoArdila

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