Destripar la cultura

Por JUAN DAVID CORREA*

Promete la candidata de Álvaro Uribe, Paloma Valencia, que de ser elegida presidenta de la República, el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes será fusionado con el de Educación y con el de Deporte, para, según ella, ahorrar 37 billones de pesos (Publimetro, 4/12/25). Así como otros tres ministerios. La oferta es clara: la burocracia puede ser reemplazada por canchas y teatros, así no sepamos quién va a gestionar y mantener dichas infraestructuras. Promete, mientras la exdirectora de ArtBo, María Paz Gaviria, se une a su campaña. Dice Juan Daniel Oviedo, su candidato a vicepresidente, en un acto en la Universidad del Norte, en Barranquilla, que podemos “tener una diferencia” sobre reestablecer las relaciones diplomáticas con Israel, así pese una orden proferida en noviembre de 2024 por la Corte Penal Internacional contra su primer ministro, Benjamín Netanyahu, a quien señalan de “presuntamente responsable de los crímenes de guerra de inanición como método de guerra y de dirigir intencionalmente un ataque contra la población civil; y de los crímenes de lesa humanidad de asesinato, persecución y otros actos inhumanos desde al menos el 8 de octubre de 2023 hasta al menos el 20 de mayo de 2024” (Universidad del Norte, 18/04/26). Esgrime, en otro video, que aquí se sacará hasta la última roca de carbón, la última gota de petróleo, la ubérrima veta de oro… “Es un falso dilema” (MinExpo, Medellín, 15/04/26).

La mentira y la ignorancia son un signo del desprecio que han mostrado estos meses de campaña quienes enarbolan, con furia, las banderas de un país que ya vimos: el país de la seguridad democrática, el de las masacres, el de las alianzas con paramilitares, y el de la incultura que quiso convencer a la sociedad de que no teníamos una historia. El mismo desprecio que exhibe el candidato a vicepresidente, de Abelardo de la Espriella, el exministro José Manuel Restrepo, cuando se dedica en un video a remedar a la vicepresidenta de la República, por la forma de oclusión de la p que tienen algunos pueblos afro y negros en el país, repitiendo la palabra helicótero con sorna y odio racial y de clase.

Dice, en cambio, Iván Cepeda, que nuestro destino tiene como norte una revolución ética, que es la dimensión que le ha faltado a este momento de cambio. Y que para que ello sea verdad, tendremos pruebas duras que atravesar. La primera de ellas, reconocer quiénes somos. La pseudocultura aristocrática colombiana ha sido definitiva en la instalación de un sentido común racista, aporofóbico, clasista y profundamente excluyente. Campesinos, indígenas, afrocolombianos y millones de personas de los barrios populares son un mal necesario para ellos, parte de un paisaje que han arrasado con extractivismo, violencia, desplazamiento y una total falta de reconocimiento de esas historias que han sido tejidas desde la noche de los tiempos, cuando en Chiribiquete, hombres y mujeres, nos dejaron testimonio de su manera de habitar el tiempo y el mundo.

A Juan Daniel Oviedo y a Paloma Valencia les tiene sin cuidado dicha profundidad. Por eso creen que la cultura es un gasto innecesario y burocrático. Por eso, seguramente, piensan que la cultura es que la Cámara de Comercio de Bogotá realice la feria ArtBo. Y que puedan comer palomitas con nachos y perros calientes viendo blockbusters, mientras el cine colombiano exige una discusión seria sobre la cuota de pantalla. A Abelardo y a Restrepo nada de eso, por supuesto, les preocupa: creen que la cultura es remedar a tenores operáticos con una ridiculez pasmosa. O ver malas series en plataformas que deberían ser materia de una discusión sobre su regulación, contribución impositiva y cuota de pantalla, como ha ocurrido en Brasil. Creen que debemos olvidar el pasado y negar el país. Se aferran a un futuro líquido de privilegios rentistas. Son una feria de arte vacío que convirtió los símbolos en mercancías. Quieren ser parte de una red global de conexiones que comienza y termina en Miami, Bassel o cualquier evento “muy lejos de aquí”, a menos que sea en un ágora de cristal. Su norte es una forma de brillo que oculta las raíces y la identidad y se disfraza de cosmopolitismo dudoso. Esa, sin duda, es parte de una batalla cultural que no ha hecho más que comenzar: la de una búsqueda profunda sobre nuestro origen y nuestro sentido en este mundo.

Iván Cepeda y Aida Quilcué han repetido el valor que tienen las culturas en un proyecto de transformación ética de una sociedad. Colombia ha reactivado, estos tres años y medio, una intensa conversación sobre un destino trazado en 1991 cuando se realizó la Asamblea Constituyente y se determinó, en su artículo séptimo, que el “Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación colombiana”. Este artículo, sin embargo, no se ha cumplido a cabalidad si nos atenemos a la exclusión de los pueblos indígenas, afro, palenqueros, raizales, rom, campesinos y ciudadanías diversas. Es indudable el avance de derechos que han obtenido estas poblaciones en estos tres años. Por mencionar algunos logros, la inclusión de su voz en la reforma a la ley general de cultura —que tiene curso en el Congreso—; en el plan quinquenal de cultura y en las estrategias de gobernanza del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, a través de consultas previas con los pueblos indígenas, afro y rom del país, el reconocimiento de los pueblos campesinos, con más de ocho millones de colombianos que así se reconocen, según el DANE, y, la más importante de todas, la presencia inequívoca de culturas diversas del país en la gestión pública, así les parezca, a los señores de la ultraderecha, un despropósito del que pueden seguir burlándose, como si fueran su servidumbre.

Desde el comienzo de este Gobierno, la primera ministra de la Cultura, la maestra Patricia Ariza, puso en el centro del debate la inclusión misma en el cambio de nombre del ministerio que ahora se llama de las Culturas, las Artes y los Saberes. Gracias a esa nueva nominación, el país comenzó a reactivar el debate sobre la interculturalidad, realzando la agencia de los pueblos en la construcción de nuestra identidad nacional. El Ministerio tuvo en su horizonte entonces gobernar para los territorios excluidos con una inversión histórica que en tres periodos alcanzó o superó el billón de pesos en inversión cada año. La tercera parte de ese presupuesto se asignó a reestablecer a las artes como parte esencial de la vida de millones de niños, niñas y jóvenes, a través de la Formación Artística y Cultural, en estrategias como Sonidos para la Construcción de Paz y, después, Artes para la Paz. Así, se fortalecieron los cuerpos musicales departamentales; se crearon 1.200 plazas para maestros formadores artistas, y poco a poco las artes han comenzado a regresar a la educación básica primaria y a la educación secundaria. En estos cuatro años por venir, este gasto tendrá que ser prioritario para que miles de instituciones educativas del país, así como artistas y formadores, tengan al arte, la historia, la sensibilidad, la imaginación y la idea de construir un futuro que nos prometa un horizonte de belleza y vida, y dejemos de consagrarnos a las culturas de la muerte o del lucro y el entretenimiento únicamente, para que no sigamos creyendo que la cultura se parece a ese mundo de plástico donde todo se derrite cuando le da de lleno el sol.

La cultura en Colombia cuenta con un Plan Nacional de Cultura trazado para los próximos 15 años y que consigna los objetivos del Plan de Gobierno. Creo que es necesario profundizar en las estrategias de gobernanza que se establecieron en el Gobierno del Cambio. A saber, además de la Formación Artística, que debe reconocer la educación informal de miles de artistas, artesanos y sabedores en las jornadas extracurriculares en sus talleres, o Clanes, como se han llamado desde la alcaldía de Bogotá Humana; un metódico plan de Infraestructuras Culturales para la vida, que no solo se proponga infraestructura nueva, sino la recuperación de casas de la cultura, bibliotecas, casas de saberes, malocas y escenarios móviles. Se debe profundizar la Red Nacional de Teatros que este año llevó a una decena de ciudades el Festival Internacional de Artes Vivas, promovido y financiado con recursos de la Nación y del Distrito capital. Es fundamental que las economías culturales se fortalezcan y, por ello, las economías populares asociadas a estos oficios deberían contar un programa de créditos públicos que superen la idea de que solo a través de convocatorias públicas es posible obtener apoyos. Además, es imperativo discutir y crear las condiciones para un verdadero estatuto del artista que le brinde seguridad social al sector junto al Ministerio del Trabajo, que incluyó, en la reforma laboral, un artículo sobre artistas y trabajadores culturales.

La cuarta estrategia de gobernanza ha insistido en la idea de integrar nuestros patrimonios a través de una política biocultural, que entienda la delicada trama de lenguas, símbolos, historias y huellas materiales e inmateriales de lo que somos. Los patrimonios colombianos están vivos en sus fiestas populares, en sus costumbres, en sus artesanías, en sus tejidos milenarios y en las piedras testigo que nos miran desde el comienzo de los tiempos, en Isnos, o en el corazón del mundo, donde los koguis nos enseñaron que primero estuvo el mar. Todo eso debería estar en un gran proyecto de museo nacional, como el de Antropología e Historia, donde millones de mexicanos y de turistas pueden entender la profundidad de una cultura que estuvo mucho antes de la sangrienta conquista española.

En continuidad con estas estrategias, el sector ha tenido un primer protagonismo en las conversaciones de paz, a través de su estrategia de Cultura de Paz, para reconocer que han sido las comunidades resistentes y resilientes del país las que han garantizado la preservación que fue amenazada mediante el despojo, el desplazamiento y el asesinato de miles de cultores, artesanos, sabedores, taitas y autoridades que han mantenido en nuestros más recónditos rincones vivas las lenguas, los símbolos y la organización social y cultural de sus territorios. Finalmente, un asunto que debe tener muchísima más atención y es la conciencia de que somos un país que también habita el mundo. Casi diez millones de colombianos viven en este planeta, en ciudades de los cinco continentes. Con ellos hay que tejer culturalmente el sentido de lo que somos. Gracias a sus remesas, nuestra economía también se nutre. Ha llegado la hora de establecer, desde los ministerios de las Culturas y Relaciones Exteriores, una verdadera política de internacionalización de nuestras culturas: ojalá se creara o se definiera como obligatorio el cargo de agregadas y agregados culturales que no tendrán que ser colombianos que se trasladen, sino cultores, editores, escritoras, cineastas y artistas, en general, que vivan en estos lugares. Las comunidades más grandes de colombianos en el mundo, en Madrid, México, Nueva York, Brasilia o Pekín serán parte de la historia que deberíamos proponernos seguir contando. Serán ellos, que conocen el entramado de las relaciones culturales de esos lugares, quienes podrían tejer la comunicación con las instituciones culturales del país para que nuestra cultura, que es parte fundamental de la identidad colombiana, esté presente siempre en la acción del Estado colombiano por fuera de sus fronteras.

Colombia es una potencia cultural en realizaciones artísticas y profundidades históricas, pero también es cierto que la cultura ha sido convertida en un discurso mercantilista, utilitarista y sometido a reglas voraces de un mercado que aplasta a los más débiles. Por ello, ojalá la inversión en cultura se mantenga en un eventual gobierno de Iván Cepeda y crezca mucho más. Pero también debemos reconocer la paradoja de esta vitalidad y fuerza y es el sometimiento de nuestro ethos a una cultura predominantemente consumista, patriarcal, violenta, que promueve solo una manera de entendernos. 

Para seguir transformándonos como sociedad es preciso que a la par de la revolución ética se insista en un cambio cultural: un cambio que nos reconozca en la diversidad, un cambio que piense en nuestras obras más altas sin distingos de clases o racializaciones; un cambio que muestre la potencia de nuestras bibliotecas públicas, que se exprese en nuestros festivales y carnavales que son patrimonio de la humanidad, en nuestra alimentación que es el sustento de una historia que nos cuentan los millones de campesinos colombianos; un cambio que entienda que somos un diálogo del mejor cine, la mejor música, las mejores artes plásticas, la mejor danza, el mejor teatro, la mejor literatura, los mejores oficios artesanales; un cambio que nos enseñe que por encima de la apariencia está la esencia, como cantaba Andrea Echeverri, cantante de Aterciopelados, hace treinta años, en un álbum que deberíamos escuchar de nuevo todos y todas para que sigamos fumando La pipa de la paz.

Un cambio de paradigma que se oponga a la misoginia, que deje de ver a las personas en situación de pobreza como inferiores y que active en nosotros la imaginación moral, esa enorme capacidad que tienen las expresiones artísticas de permitirnos ponernos en el lugar del otro. Un cambio que siga soñando con preservar nuestras arquitecturas modernas, que recupere aquello sometido a la ruina, que sepa que la cultura y el medioambiente son un mismo escenario, quizás el escenario donde todo colombiano que se va por un tiempo del país, sabe que lleva por dentro, ese país de los verdes de Aurelio Arturo; de la dignidad de Quintín Lame; de las luchas de María Cano; de la transgresión de Debora Arango, un cambio que nos convenza de que hemos sido creadores de obras cumbres como la Colección Quimbaya, que ojalá podamos devolver al país, después de que fuera regalada de manera espuria por el presidente Holguín a finales del siglo XIX, como ha regresado este Gobierno a su origen más de mil piezas ancestrales arqueológicas desperdigadas por el mundo.

Un cambio, en fin, que nos reconozca en el gran río del tiempo, en el río de lo que somos, el gran Guacahayo, o de la Magdalena, el río del país amigo y de las montañas, como lo llamaban nuestros mayores, que debemos volver a navegar para reconocer que nacemos en la cordillera y vamos a dar al mar. La cultura colombiana merece crecer cada día más: es nuestro gran activo. Por ello, quienes aún dudan de cuál es el mejor camino del país, ojalá se tomen en serio el desprecio y el odio que muestran Paloma, Oviedo, Restrepo y Abelardo, que se ríen de aquellos a quienes quieren convencer de votar por ellos para después destriparlos. No nos olvidemos del “paraíso, ese lugar de paso de la infancia, con su felicidad a cuestas y tanta luz entre los ojos”, como escribió la enorme María Mercedes Carranza. Eso también somos.

* Tomado de la revista Cambio Colombia

@jdcorreau

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