El abuelo Mateo

Por F SÁNCHEZ CABALLERO

Anoche soñé con el abuelo Mateo una vez más.

El viejo me tenía cariño. Quizá más que al resto de sus nietos. Yo le hacía caso sin refunfuñar. Le cambiaba el agua de su totuma por una más fresca. Le mecía la hamaca. Le arrimaba el bastón que tumbaban los puercos. Le asaba un plátano cuando me lo pedía…

Estaba igual que la tarde en que se le apareció el diablo a orillas del caño de Cotorra y se llevó su vista. De nada sirvieron sus rezos. De nada sirvieron los sahumerios ni los cuarenta días con sus noches montado sobre una troja con todo tipo de hierbas, ahumándose como un moncholo. Nunca más volvió a decir palabra, el diablo también se le llevó el habla.

Todo empezó cuando flechó un peje negro y barbudo entre las matas de palma a orillas del caño. Cuando quiso sacarlo, el animal le habló.

Nunca se supo qué le dijo, el secreto se fue con él.

Todos dicen que no era un pez, sino el mismo maligno que llegó a reclamarle el cumplimiento de un trato, pues los poderes que tenía no eran gratuitos y el diablo siempre cobra sus deudas.

Yo estaba muy pequeño, pero me acuerdo bien porque ese fue el día más caliente que se ha dado en el valle del Sinú. No era un calor normal. Era como si el aire tuviera fiebre. Los perros corrían rabiosos por los callejones, las culebras grises de rayas amarillas salían de los husillos revolcándose sobre la tierra caliente y a las iguanas se les rajaba la barriga al tirarse de los palos de jobo, regando su huevera sobre el polvo. 

El zumbido del viento era otra cosa. Pequeños tornados suspendían por el aire a los burros con todo y palo de matarratón.  

Después de eso el abuelo ya no fue el mismo. Se quedó ciego y mudo, pero no en paz. A veces meneaba la cabeza como si escuchara voces. Otras, murmuraba en lengua africana. Podía verlo mover sus labios, tal vez forzando una respuesta que yo no entendía.

No sería la primera vez que el abuelo burlaba a la muerte.

Recuerdo que una vez dijo ―antes de quedarse sin voz ―que, desde que se robó a la hija del patrón, su vida había sido un continuo desbarajuste contra la muerte.  El patrón le puso precio a su cabeza y durante dos años deambularon por los cenagales del Sinú. A veces los dos dormían en el monte o en un rancho de pescadores abandonado. La brisa levantaba las palmas del techo y las sombras de la noche se asomaban a hurtadillas. Siempre sintió que algo o alguien lo espiaba.

En cierta ocasión, los peones que el suegro envió a capturarlo los sorprendieron sobre una balsa a la orilla de un lago. Docenas de serpientes de todos los tamaños colgaban de una empalizada y se enroscaban en sus piernas y brazos, pero no los mordían. Temerosos, los hombres huyeron. Al despertar, él retiró todas las ramas y bejucos que protegían sus cuerpos.

Durante años escapó al cerco de la violencia con rezos y conjuros. Cuando por fin lo agarraron por los lados de Tierralta, dio un paso al costado, se ocultó detrás de un palo no más grueso que una mano de pilón, dijo unas palabras y desapareció.

Después se escondió detrás de la barriga de ocho meses de la abuela y nadie pudo verlo.

Una noche, caminando junto a él por los alrededores, vimos una luz levantarse del suelo.

El abuelo tomó una rama y señaló el punto sin decir nada.

Al día siguiente regresó solo.

Al caer la tarde, volvió con un pequeño cajón lleno de monedas de plata. Se veían mohosas y negruzcas, como si un carbonero las hubiera guardado con las manos sucias.

La alegría no nos duró mucho. El dueño del solar apareció más tarde reclamando el entierro como propio.

―Todo lo que esté en mi tierra me pertenece ―dijo.

El abuelo no discutió, oyó sus razonamientos y le propuso un trato.

Esa noche enterraría el cajón de nuevo y si, antes de un año, el dueño del terreno lo encontraba, se podía quedar con él. Pero si no…

El hombre hizo cálculos mentales. Le pareció justo. El terreno no tenía más de media hectárea. Un año sería suficiente para hallarlo.

El hombre midió, agujereó, trajo gente y escarbó todo el terreno hasta dejarlo como un revolcadero de marranos. Pasaron meses, un año, dos, y nada…. Murió convencido de haber sido engañado.

El abuelo no volvió a tocar el tema. Siguió tan pobre como siempre, moviéndose a pie con sus abarcas tres puntá. Cuando pasábamos por ahí, se detenía un segundo y observaba los huecos sobre el terreno. Luego reanudábamos el camino y sonreía.

La última vez que visité ese pueblo me detuve en ese sitio y sentí un pesar profundo. Los palos de matarratón habían sido cortados. Ya todo estaba construido.

Anoche, en el sueño, lo vi sentado en su hamaca.

No estaba ciego. Miraba de forma extraña y me señalaba con su bastón hacia el solar del vecino.

No salían palabras de su boca, pero podía leer sus labios.

Desperté con la certeza de que no todo había terminado. Algo quedó abierto, enterrado.

La habitación estaba a oscuras, pero había un olor a moncholo ahumado, a monte quemado, a hierbas. (F)

www.fsanchezcaballero.net

@FFscaballero

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