Por CARLOS MEDINA GALLEGO*
El proyecto progresista necesita menos triunfalismo y más organización.
Hoy el nombre de Iván Cepeda Castro ocupa un lugar central en el debate electoral colombiano. No es casual: varias mediciones recientes lo ubican en primer lugar de intención de voto, con un respaldo cercano a un tercio del electorado. Ese dato, aunque alentador, no significa victoria asegurada. Significa apenas una cosa: existe un punto de partida real. Y ahí comienza el verdadero trabajo.
Colombia no elige presidentes por entusiasmo inicial, sino por mayorías construidas. Con alrededor del 30–33% no se gana en primera vuelta. El camino inevitable es la segunda vuelta, y en ese escenario ya no cuenta solo quién lidera, sino quién logra sumar, quién reduce rechazos y quién construye confianza más allá de su base natural.
Por eso resulta peligroso el optimismo triunfalista. Celebrar encuestas como si fueran resultados puede adormecer la organización territorial, debilitar la pedagogía política y fomentar una falsa sensación de llegada. La historia electoral reciente del país muestra que ningún proyecto transformador vence sin disciplina colectiva, alianzas amplias y trabajo político cotidiano.
1. La primera tarea: mantener unida a la izquierda progresista.
El mayor riesgo para la candidatura de Cepeda no proviene únicamente de la derecha. Proviene también de la fragmentación interna del campo alternativo.
La exclusión de Cepeda de la consulta interpartidista y la dispersión de liderazgos han dejado un panorama complejo: sectores progresistas compitiendo entre sí, agendas superpuestas y egos que amenazan con diluir la fuerza acumulada desde 2022.
Aquí hay una verdad incómoda que debe decirse con claridad: una izquierda dividida es funcional al bloque conservador.
No basta con compartir diagnósticos. Hace falta:
un acuerdo político explícito,
una narrativa común,
y compromisos públicos de respaldo mutuo después de la primera vuelta.
La izquierda no puede llegar a mayo con varias candidaturas peleando el mismo electorado social. Eso sería regalarle puntos al adversario.
Unidad no significa uniformidad. Significa comprender que, frente al tamaño del reto histórico, las diferencias secundarias deben subordinarse a un objetivo mayor: defender y profundizar un proyecto democrático de justicia social.
2. La segunda tarea: convocar al centro no radicalizado
Incluso con la izquierda plenamente cohesionada, Cepeda no gana solo con su base natural.
La segunda vuelta se define con sectores que no se reconocen como militantes: clases medias, votantes urbanos moderados, profesionales, pequeños empresarios, juventudes no ideologizadas, regiones cansadas del conflicto y ciudadanos que votan más por estabilidad que por épica.
Ese electorado de centro —no radicalizado— es decisivo. Ahí está el verdadero desafío político. Para conquistarlo, no basta con un discurso ético o histórico. Se necesita una propuesta clara y creíble sobre: seguridad ciudadana, empleo y economía familiar, lucha contra la corrupción, gobernabilidad institucional.
También hace falta enviar señales inequívocas de que un eventual gobierno de Cepeda no será una administración de trincheras, sino un gobierno de mayorías, con apertura al diálogo, respeto por la pluralidad y capacidad real de gestión.
Ese centro no se gana con consignas. Se gana con serenidad, solvencia programática y equipos visibles.
3. La tercera tarea: dejar atrás la política del reflejo
Otro obstáculo es el voto negativo. En segunda vuelta, muchas personas no votan “por amor”, sino “por prevención”. Gana quien genera menos miedo.
Por eso, el progresismo debe evitar caer en la provocación permanente, el lenguaje excluyente o la lógica amigo–enemigo. Cada exceso discursivo aleja votos moderados. Cada gesto sectario fortalece la narrativa del adversario.
El país viene de años de polarización intensa. Hay un cansancio social profundo. El proyecto que aspire a gobernar debe hablarle a ese cansancio, no profundizarlo.
4. Una campaña es más que un candidato
Finalmente, conviene recordar algo esencial: no se gana solo con una figura presidencial. Se gana con redes barriales, movimientos sociales, sindicatos, organizaciones culturales, juventudes, pedagogía puerta a puerta y presencia territorial constante.
La elección no se decide únicamente en medios o redes sociales. Se decide en conversaciones familiares, en barrios, en veredas, en universidades, en pequeños colectivos. Ahí es donde el optimismo debe transformarse en trabajo concreto.
Un llamado a hacer lo debido.
Iván Cepeda Castro tiene una posibilidad real de llegar a la Presidencia. Pero esa posibilidad no se convierte automáticamente en victoria.
Depende de tres cosas muy precisas:
UNO. Unidad efectiva de la izquierda progresista.
DOS. Apertura estratégica al centro Político no radicalizado.
TRES. Organización territorial sostenida, sin triunfalismo.
La pregunta no es si hay opción. La pregunta es si estamos dispuestos a hacer el esfuerzo político que esa opción exige. Porque las transformaciones profundas no llegan por inercia.
Llegan cuando la esperanza se organiza.
* Historiador- Análista Político