Por F SÁNCHEZ CABALLERO
Las reuniones en los talleres de artes de la universidad solían estar impregnadas de color y seducción, de expresiones creativas y excentricidades. Tenían un pulso distinto, una emoción renovadora, vanguardista; eran una prolongación nocturna de la ciudad. El aire olía a trementina, a humo y a juventud desbordada. Nadie terminaba sobrio, nadie quería estarlo. Un puñado de aprendices de artistas nos juntábamos los viernes, algunos con la intención de concluir un trabajo obsesivo, lleno de reiteraciones y derrotas, de superposiciones y desencanto. Hasta que dejaran de arder las tripas. Ninguna obra se concluye del todo. Otros fingían andar tras un proyecto, una idea grande que ocultaban convenientemente, como si de un secreto de Estado se tratara. Estaban ahí en busca de esparcimiento, para darle un respiro a la memoria o anestesiar el instante mientras escuchaban música o improvisaban semidesnudos un performance que solo encontraba asidero en el olvido. Aunque a punto de romperse, nadie quería renunciar a esa precaria magia. Todo tenía un tinte esquivo, inaprensible, un ensayo torpe de emancipación y rebeldía.
Avanzada la noche, aparecían muchachos de otras carreras atraídos por el rumor a Pink Floyd, el olor a mariguana o a sexo. El romance era siempre una posibilidad, un refugio momentáneo contra el vacío. Aquello era un hervidero de inquietudes, de sensaciones, de propuestas absurdas y contradicciones. El alcohol y las drogas circulaban abiertamente. Tras la puerta siempre cerrada existía un pacto tácito, que nadie se atrevía a quebrantar. La racionalidad quedaba fuera, resguardando el parqueadero. No había miradas indiscretas ni preguntas incómodas. Los rincones se llenaban de besos y los baños exhalaban suspiros, jadeos, secretos que solo resistían la oscuridad.
Llegaban deportistas, jíbaros, revolucionarios de papel, radicales, muchachas libertinas desinhibidamente hermosas. Jóvenes que citaban a Sartre o a Heidegger como viejos parceros: “la libertad de hacer cualquier cosa nos condena”. “La tragedia de un artista es saber que no nace con un propósito definido y no saber qué hacer”, decían, mientras otros concluían, sin objeciones, que el arte era la vía más hermosa de incendiar el mundo.
En medio del eclecticismo discursivo y ese caos creativo, solía aparecer casi invisible una figura sin nombre, un poeta anónimo al que nadie conocía; una criatura apenas perceptible, que a pocos importaba pero a nadie ofendía. Era de baja estatura, tenía una chivera incipiente y descuidada. Usaba lentes pequeños, redondos, y una tristeza ambarina en su piel. La melancolía es potestad de los poetas, pensaba. Cargaba una mochila arhuaca llena de papeles arrugados que olían a desvelo y abandono. Nadie sabía de dónde venía ni qué estudiaba, su ropa ajada y sucia hablaba del desapego por sí mismo y de noches sin refugio. Tenía el andar inseguro de quien se siente cómodo entre las sombras y teme ser descubierto.
Se le veía vulnerable, hablaba en tono menor, no más de lo preciso. Sin embargo, cuando se decidía a leer en voz alta, toda su fragilidad se transformaba en un ímpetu casi revolucionario, como si las palabras fueran lo único capaz de sostenerlo en pie. Nunca supimos su nombre, a nadie parecía importarle. Cuando recitaba sus poemas, únicamente existía para ese momento. Nada más tenía sentido. No buscaba comprensión ni ser reconocido, tan solo quería arder.
Solía esperar el instante oportuno, cuando la conversación languidecía y todos teníamos la guardia abajo; cuando la más mínima cosa constituía una monotonía, o el casete de Silvio Rodríguez, Serrat o Henry Fiol terminaba. Entonces, con una introducción breve para atraer la atención, leía con voz impostada:
“Soy una llama al viento
Ardo y me consumo desde adentro
Con escepticismo atizo los leños de mi hoguera y veo crecer las llamas
Ah malaya el antiguo arte de la adivinación con fuego…”
Su timbre de voz hacía recordar los viejos audios de Neruda que todos detestábamos, y casi de inmediato el grupo se dispersaba hacia el patio o hacia los baños, dejándolo solo con sus versos temerarios, sin rimas, sin concordancias.
Tal vez por cansancio o por empatía, esa última noche no me moví de donde estaba. Un cansancio acumulado ocupaba el espacio reservado a mis piernas. Mis manos seguían untadas de pintura; con una copa de aguardiente en los labios, mis ojos trataban de hallar una forma en un bosquejo abstracto; y de repente me encontré con su mirada, a merced de sus palabras ardorosas, intentando incendiar los despojos del lugar, cada idea suelta, cada residuo expuesto a su fraseo irregular, a sus palabras invencibles, a su fuego amigo. Lo observé con detenimiento: sus ojos tristes parecían arrastrar un pasado incómodo, que nadie conoció; un desgarro interior que se avizoraba en cada gesto, en cada espacio vacío de sus líneas, en su respiración.
Una sombra acurrucada en un costado de su córnea parecía anudar la soga de una horca, pero quizá fuera una mancha en sus lentes y decidí obviarla. Sus palabras invadieron el lugar, y la voz de Rubén Blades se fusionó lejana con su discordancia efímera. Sus palabras resignificaron la noche y el hecho de encontrarme allí. Sus palabras no me dejaban pensar, no me permitieron hacer nada más. Sus palabras se convirtieron en espada y en montaña, cada una con su sentido, con su filo, cada una con su eco.
Cuando terminó, me alargó las dos hojas que había leído. Dudé. Sentí como si recibiera un cuchillo ensangrentado o un tizón encendido. Su mano temblaba, quizá también la mía. No hubo agradecimiento ni despedida. La puerta por donde se entra se sale. Vi su figura intrascendente alejarse entre butacas y caballetes, entre lienzos con un ejercicio de paisaje urbano, y dibujos cubistas de una modelo recostada sobre una silla amarilla. Vi su sombra fugaz atravesar el cuerpo desnudo de una muchacha drogada, como tomando un atajo, y su presencia de humo transformarse en noche. El silencio comenzó a ser invadido por los Rolling Stones, por murmullos y risas.
En el curso de esa semana, el ritmo de los talleres recuperó su rutina de siempre. Los profesores dieron una vuelta para certificar que aún vivían y los monitores hacíamos el resto. Al poco tiempo nos alcanzó la noticia, como si de la bandeja con la cabeza del Bautista se tratara.
—El poeta se quitó la vida.
Los comentarios no se hicieron esperar: era demasiado vulnerable. Su mirada sombría lo aislaba de los otros y del mundo real. No era su tiempo.
Decían haberlo visto vagar bajo la lluvia por las calles atestadas del centro, caminando sin prisa, dejándose atravesar por ella, confundido entre la multitud. Decían que lo vieron buscar el sentido de su vida en la sonrisa amarga de los demás. Que su mirada agorera aparecía en los ojos del vendedor ambulante que protegía su mercancía con bolsas rotas; en la mujer que acicalaba su cabello mojado frente a la vitrina, esperando algo que quizá no ocurriría. Dijeron que encontró su tristeza guareciéndose en la expresión desvalida de un niño acurrucado en la esquina, y aunque un arbusto maltratado por los autos agitaba sus hojas al cielo, él ya no pudo encontrarse a sí mismo…
Sentí un vacío en todo mi ser, un relente discontinuo y frío. Cuando alguien se va, sus instantes más desconcertantes se quedan para siempre. Quizá el camino de cada cual se ilumine con la llama de los otros y cada partida nos hunda un poco más en la penumbra. Algo similar me ocurre al cerrar un buen libro: trastabillo y me descompongo con el sonido de las palabras ajenas. Cada frase oída al azar es un desafío que podemos convertir en cuento o en poema. Un leño más para la fragua de presagios compartidos. Hay sin embargo quienes no alcanzan a reunir suficientes troncos, y su lumbre es breve, un destello, una tentativa. Sus grandes propósitos son solo un manual de intenciones, el bosquejo ineludible de un fracaso.
Para la mayoría, la noticia de su muerte fue un rumor pasajero, un reporte de orden público de los que tanto se repiten cada fin de semana en la ciudad. Una rareza más en la colección de excesos y disparates urbanos, una estadística que pronto borrarían de su memoria, como si se tratara de un grafiti en la pared del baño.
Por algún motivo escondido, yo guardé aquellas hojas impregnadas de angustia. Las sentía parte de mí, de mis desafueros, de mis yerros. Sentía que pude haber hecho algo más. Un pecado acaso inexistente, por el cual seguía dándome golpes en el pecho. Sus palabras comenzaron a desdibujarse frente a mí y no supe verlo. Posiblemente fueron su último destello, el único rescoldo vivo de su paso fugaz por este valle de desgracias.
Sus palabras no murieron, no se apagaron con el tiempo, pese a todas las palabras leídas y escuchadas desde entonces. Persistieron como el silbo embrujado de un ave nocturna, como el hacha obstinada del leñador. Supersticiosas, regresaron una y otra vez al lugar de los recuerdos, a los muros más sombríos de mi pensamiento. (F)
@FFscaballero