Por OCTAVIO GÓMEZ*
¡Qué problema tan berriondo se armó porque Petro dijo en un discurso que era bueno en la cama! Que decir esas cosas atentaba contra «la dignidad de la Presidencia», leí entre algunas reacciones. Que eso no se dice, que es muy ordinario; dijo, precisamente, la presunta víctima de un abuso presidencial.
La cama presidencial no suele ser un asunto de debate público. En primer lugar porque esa cama está en la hidalga (y muy pacata y muy hipócrita) ciudad de Bogotá. La cama presidencial hasta cuando llegó Petro era un asunto de las élites bogotanas.
Las élites bogotanas no hablan en público de sus asuntos de sábanas. Eso se dice en privado y con eufemismos.
Por ejemplo: que el presidente Eduardo Santos Montejo (el tío abuelo de Juan Manuel) fuera un cacorro empedernido, perseguidor de pelaos, eso no se decía en público. El filósofo Fernando González alguna vez lo llamó «comedor de hombres» en su revista Antioquia. Pero, como pueden leer, no lo dijo en Bogotá ni el filósofo de Otraparte era de las élites bogotanas.
Que el presidente Guillermo León Valencia (al que los nadaístas trataban de bobo en sus cartas privadas pero no en público) era famoso por su afición a las putas los viernes por la noche, porque el resto de la semana era un católico de misa y rosario.
Lo de Valencia no era malo: total, para las élites bogotanas no era mujeres, eran «guarichas» como llaman a las trabajadoras sexuales con inocultable desprecio. Todos lo sabían, pero nadie lo decía.
El «armano Gulito», como lo llamaba el inolvidable Lukas Caballero Calderón en El Espectador, Julio César Turbay Ayala, dejó en la presidencia las más legendarias anécdotas sobre sus aventuras en la cama: sacar a bailar a un obispo pensando que era una señora (tal era la borrachera); casarse con su sobrina, la hija de su hermana; convertir en primera dama de la Nación y por una noche a una travesti paisa; llevar a la cama a las esposas de sus ministros fueron, entre otras, las aventuras palaciegas del turco que dio cátedra de cómo robarse a un país.
Pero de eso tampoco hablaba nadie.
Los pelaos volvieron a la Casa de Nariño, esa fría casona republicana con ínfulas de «palacio», cuando llegó a la presidencia el pereirano César Gaviria Trujillo. A su «gabinete» ministerial lo llamaban «tocador ministerial» y eran conocidas las reuniones de consejo de ministro a las 4 de la mañana y en pijama con los nóveles dirigentes que tanto apasionaban al privatizador mayor.
Pero de eso tampoco se hablaba.
Las aventuras sexuales desenfrenadas y con todo lo que pasara volvieron con Pastrana el joven, o el inútil, como prefiero llamarlo yo.
El Mesías no fue la excepción. Una muchacha con ínfulas -una provinciana de tierra caliente, como llaman los bogotanos ricos a los ricos de provincia- dijo alguna vez que su jefe la violó en una habitación de hotel. Nunca mencionó el nombre del «jefe» pero ella era funcionaria diplomática en Washington cuando su «jefe» era el Mesías.
El cuento se regó entre los pasillos de Palacio y en los chismoseaderos de los medios… pero nadie cuestionó en público la dignidad de la Presidencia. ¡Con esa cara de seminarista que tenía el «jefe»!
Claro que esos vicios son más viejos: podríamos recordar el hecho de que nuestro Libertador, Simón Bolívar-viudo y todo- se llevaba al lecho presidencial a la jovencísima esposa ecuatoriana de un dentista de Bogotá.
La historia de la «conspiración septembrina», que nos enseñaron a los que estudiamos historia patria en el colegio, decía que Manuelita Sáenz lo ayudó a escapar por una ventana en medio de la fría noche bogotana, cuando los santanderistas lo iban a matar: ¿cómo podía una mujer casada sacar por una ventana, en la noche, a alguien que no fuera su amante y de un lugar que no fuera el lecho?
Como ven, las historias con la cama presidencial son viejas y muchas.
Pero solamente Petro dañó «la dignidad de la institución presidencial» porque presumió en público que le gusta «voliar catre», como al 99 % de los seres humanos.
* Periodista independiente que escribe sobre política, economía, sociedad, historia y cultura.