Por PUNO ARDILA
El reciente libro de Mábel Lara, “Pelo libre, alma libre”, es mucho más que el relato de una periodista exitosa que decidió apagar la plancha de cabello. Es, en el fondo, un clamor frente a esa indiferencia estructural con la que Colombia sigue administrando sus tensiones interraciales. Es una bofetada de realidad para una sociedad que se jacta de ser pluriétnica en la Constitución, pero en la práctica le exige al negro y al indígena que se suavicen para poder entrar al club de la aceptación profesional.
La obra de Mábel disecciona una violencia simbólica que muchos prefieren no ver: la exigencia estética como peaje de entrada. Para la mujer afro en los medios o en la academia, el pelo liso y largo no es una opción de moda; es un salvoconducto. Se trata de una neutralización forzada para no incomodar la mirada eurocéntrica de un país que todavía confunde la buena presencia con el blanqueamiento.
Pero el espejo de Mábel también refleja al mundo indígena. Esa misma mano invisible que estira el rizo afro es la que le pide al indígena que se quite la manta, que se corte el cabello o que guarde su lengua para ser tomado en serio en los pasillos del poder o la universidad. Es el mismo “apartheid” estético: te aceptamos si te pareces a nosotros; te toleramos si tu diferencia es solo un adorno folclórico en un festival, pero te cerramos la puerta si tu estética reclama autonomía política.
Mábel Lara confiesa lo que significa soportar este molde durante años. Su éxito como periodista premiada no es solo fruto de su talento —que le sobra—, sino de una resistencia física y psicológica contra un sistema que le exigía ser excepcional solo para compensar el “pecado” de sus raíces.
Liberar el pelo no fue un capricho estético; fue un acto de soberanía sobre su propio cuerpo. Al soltar sus rizos, Mábel soltó también una cadena mental que todavía amarra a muchos en este país, y lanza un clamor —o más bien un baldado de agua fría— sobre esa indiferencia almibarada con la que este país maneja sus complejos interraciales.
Es hora de entender que la verdadera libertad empezará cuando nadie tenga que disfrazarse de otro para ser tratado con dignidad. La liberación de Mábel no es un asunto de peluquería; es un acto de soberanía política. Al apagar la plancha, prendió una mecha que nos quema a todos los que seguimos creyendo que la identidad es un accesorio de carnaval. Mientras este país siga exigiendo que la gente se mutile el alma (y el pelo) para ser respetada, seguiremos siendo una nación de peluca: muy elegante por fuera, pero absolutamente falsa por dentro.
@PunoArdila