¿Herejía presidencial? Petro y la ortodoxia episcopal

Por CIELO RUSINQUE*

A propósito del comunicado de la Conferencia Episcopal en reacción a las recientes declaraciones del Presidente, como laica les comparto esta reflexión :

Dicho pronunciamiento preocupa menos por lo que pretende objetar del mandatario que por la concepción de Iglesia y de moral que, casi sin querer, deja al descubierto.

Lo que allí se perfila es una Iglesia severamente centralizada, en la que solo los obispos parecerían estar investidos de autoridad para pensar, interpretar y hablar sobre Jesús. Se pasa por alto —o se olvida convenientemente— que el Concilio Vaticano II, quizá el mayor esfuerzo de autocrítica y renovación de la Iglesia en el siglo XX, afirmó justamente lo contrario: la fe no es patrimonio exclusivo de una élite clerical, sino una experiencia viva y compartida del Pueblo de Dios. En ella, creyentes, comunidades, teólogos y laicos no solo pueden, sino que deben pensar, discernir y dialogar.

Desde esta perspectiva, el verdadero escándalo no reside en el cuerpo ni en la sexualidad, sino en el empobrecimiento de la reflexión moral y teológica que se evidencia cuando el debate se clausura por decreto de autoridad.

Teólogos como el padre Alberto Múnera Duque comprendieron con claridad que la moral cristiana no puede reducirse a un inventario de prohibiciones, sino que se funda en una ética de la conciencia, del discernimiento y de la responsabilidad personal ante Dios. En esa tradición, la sexualidad no es un tabú ni una amenaza, sino una dimensión constitutiva de la experiencia humana que exige pensamiento adulto, no represión ni temor sacralizado.

Cuando el episcopado responde cerrando el debate y refugiándose en una autoridad vertical e incontestable, no solo empobrece la discusión pública, sino que reincide en una teología preconciliar: defensiva, desconfiada del cuerpo y temerosa de la libertad moral. Más grave que cualquier frase presidencial es este retroceso: una Iglesia que parece olvidar que la teología de la Encarnación implica tomarse en serio la historia, las preguntas humanas y la libertad, precisamente porque Jesús se hizo hombre y habitó en su propio cuerpo las tensiones y contradicciones de la condición humana.

Las personas, sin ser despojadas de discernimiento ni dignidad, participamos de esa gracia que la Encarnación inaugura. Sin embargo, la ortodoxia episcopal parece ignorar la urgencia de una Iglesia viva, en la que los laicos no seamos simples objetos de observación ni sujetos a evaluaciones de cumplimiento estricto de dogmas.

Finalmente, la intervención del Presidente —más allá de sus tonos provocadores y de su liberalismo heterodoxo— posee una virtud que no debería subestimarse: la invitación a pensar por cuenta propia, a ejercer un juicio adulto frente al Evangelio, y a mirar la figura de Jesús desde su dimensión histórica, profundamente humana y radicalmente transformadora. Una mirada que rompe con la ética de la servidumbre y la obediencia ciega, para abrirse a una ética de la responsabilidad, la libertad y la conciencia.

Todo ello, sin mencionar la necesidad siempre vigente de sacudir conciencias y emanciparnos de la hipocresía de los sepulcros blanqueados: aquellos que, por cálculo público, condenan lo que practican en la intimidad, y confunden la moral con una maquiavélica estrategia de poder.

@cielo_rusinque

* Superintendente de Industria y Comercio, Exdirectora Del DPS, ExMincomercio, Catedrática, constitucionalista, latinoamericanista, progresista.

Imagen de portada, tomada de Revistametro.co/

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