Habermas y la razón no reducida a instrumento de dominación

Por CIELO RUSINQUE*

Ha muerto Jürgen Habermas y con su partida desaparece una de las figuras intelectuales más influyentes del pensamiento contemporáneo, quizá el último gran representante de una tradición que entendía la filosofía como una responsabilidad pública frente a la democracia. Su obra acompañó durante décadas las discusiones centrales sobre la racionalidad, la legitimidad del derecho y el destino de las sociedades modernas.
Formado en el horizonte crítico de la Escuela de Fráncfort, desarrolló un proyecto intelectual singular: reconstruir las condiciones de posibilidad de una racionalidad no reducida a instrumento de dominación, sino fundada en el lenguaje y el intercambio de argumentos entre ciudadanos, una intuición que aparece desde sus primeros trabajos.

Basta volver a Conocimiento e interés, una obra que no ha dejado de interpelar a distintas generaciones de lectores y a la que inevitablemente regresamos para pensar la relación entre saber, poder y emancipación. Más tarde, en su Teoría de la acción comunicativa, esa reflexión alcanzaría una formulación más amplia: la idea de que la racionalidad moderna se despliega en prácticas comunicativas donde los sujetos buscan justificar sus pretensiones de validez ante los otros.
Desde allí, su pensamiento abrió un diálogo fecundo con el derecho y con la teoría democrática. En Facticidad y validez, Habermas propuso comprender el derecho moderno como el punto de encuentro entre la facticidad de las instituciones y la legitimidad que surge de procesos de deliberación pública. Para muchos juristas, esa obra significó una apertura decisiva: el derecho dejaba de aparecer como un simple sistema técnico de normas para reencontrarse con el mundo de la vida y con las humanidades que le dan sentido.
Quienes nos formamos en el Derecho encontramos en Habermas un horizonte particularmente estimulante. Su pensamiento ofrecía un puente entre el constitucionalismo contemporáneo y la tradición humanista, permitiendo pensar el derecho no sólo como una arquitectura institucional, sino como una práctica social que busca legitimarse en la conversación democrática entre ciudadanos.
En los últimos años, además, su obra se abrió a una reflexión especialmente relevante sobre el carácter post-secular de nuestras sociedades. Frente a la tesis de una secularización que expulsaría definitivamente a la religión del espacio público, Habermas defendió la posibilidad de un aprendizaje recíproco entre razón secular y tradiciones religiosas. Los ciudadanos creyentes —sostenía— pueden participar plenamente en la esfera pública con sus convicciones; pero cuando estas aspiran a orientar decisiones políticas vinculantes para todos, deben traducirse a un lenguaje accesible a la comunidad política en su conjunto. Esa idea de “traducción” se convirtió en uno de los rasgos más finos de su reflexión tardía sobre la democracia.

Pero el destino de un pensamiento no se juega únicamente en el lugar donde nace. Las ideas viajan, cambian de lengua, se reinterpretan.

En Colombia, esa mediación tuvo un nombre fundamental: Guillermo Hoyos Vásquez. Filósofo y profesor admirado por varias generaciones y uno de los principales intérpretes y traductores conceptuales de Habermas en el país. Desde su trabajo académico, especialmente en la UNAL y Javeriana, convirtió las categorías habermasianas en herramientas para pensar la democracia colombiana, la formación de ciudadanía y el sentido deliberativo del constitucionalismo surgido tras la Constitución de 1991.
Hoyos comprendió que la recepción de un pensamiento no consiste en repetirlo intacto, sino en hacerlo dialogar con las preguntas de una sociedad concreta. Gracias a esa mediación, conceptos como la acción comunicativa, el mundo de la vida o la ética del discurso encontraron en Colombia un terreno propio de discusión y apropiación.
Quizá por eso, la muerte de Habermas no se siente aquí como una noticia distante. Su obra forma parte de una conversación intelectual que, a través de estas mediaciones, se volvió también parte de nuestras propias discusiones sobre democracia, derecho y ciudadanía.
Habermas nos enseñó que la legitimidad democrática no se funda únicamente en las instituciones, sino en la práctica siempre frágil del diálogo entre ciudadanos que se reconocen como iguales. En tiempos de polarización y de desconfianza hacia lo público, esa lección sigue siendo tan exigente como necesaria.
Doy gracias a la vida haber tenido la oportunidad de cruzarlo alguna vez en su cátedra, creo que es uno de los autores con los que en los años de doctorado me sentí más identificada.

Conservaré como un tesoro su firma en algunos de sus textos, pero, sobre todo, espero tener el tiempo de retomar su lectura y ojalá en la medida de mis posibilidades y a mi pequeña escala, lograr aplicarla.

@cielo_rusinque

* Superintendente de Industria y Comercio, Exdirectora Del DPS, ExMincomercio, Catedrática, constitucionalista, latinoamericanista, progresista.

0 0 votes
Article Rating
Subscribe
Notify of
0 Comments
Newest
Oldest Most Voted
Inline Feedbacks
View all comments
0
Queremos conocer tu opinión. Regístrate y Comenta!x
()
x