Por JORGE GÓMEZ PINILLA
Esta es quizá la campaña de primera vuelta más inquietante -por emocionalmente intensa- que se ha vivido en lo corrido de este siglo delirante.
El pasado lunes 9 de marzo, al día siguiente de las consultas, el suscrito opinador estaba por completo convencido de que la segunda vuelta iba a ser entre Iván Cepeda y Paloma Valencia, pues los votos disciplinados que el día anterior había puesto la derecha uribista a favor de esta última daban por descontado que para Abelardo de la Espriella desplazarla de ahí sería Misión Imposible.
Pero se llegó el domingo 15 y, luego de ver en la revista Cambio a Juan Daniel Oviedo tragándose el sapo de escuchar a Paloma decir que “no estoy de acuerdo con la adopción gay”, comprendí que cualquier cosa puede pasar, incluso que sea De la Espriella quien pase a segunda vuelta. (Ver entrevista).
Ahora la derecha más confesional (¿cuál derecha no lo es?) ve a Paloma demasiado tibia, disfrazada de centro, mientras que Oviedo en su repentina metamorfosis comienza a ser visto por la gente de centro y de izquierda que votó por él, como… ¿cuál sería el término?… como un sapo del uribismo, digamos, por aquello de “Yo tengo mis principios, pero si no le gustan tengo otros”.
No creo equivocarme si juzgo como irrefutable que la mayoría de los que votaron por Oviedo (¡yo no, pardiez!), lo hicieron porque admiraban su independencia del rebaño uribista. Muchos de ellos tenían claro que no le ganaría a Paloma, por supuesto, pero sí que con su voto contribuían a abrirle el camino para que fuera el próximo alcalde de Bogotá.

Ahora bien, a partir de la entrevista con Cambio cundió entre ellos la sensación generalizada de haber sido engañados: como en el comercial de Davivienda, Oviedo lucía tratando de empoderarse en el lugar equivocado.
En este contexto, no sería un error afirmar que Juan Daniel Oviedo le dio una patada al tablero de sus propias convicciones en el asunto de la diversidad sexual. Y esto, tan solo para el movimiento LGTBQI+, podría entenderse como una traición… de uno de los suyos.
No sabemos si semejante ‘patraseada’ terminará por favorecer al otro candidato de la extrema derecha, o sea al #Matagatos, quien luego de mostrarse –hace apenas unos meses- como ateo confeso, ahora funge como el más conspicuo representante de los pastores evangélicos que pregonan (entre ellos Oswaldo Ortiz y Miguel Arrázola) que Dios creó al ser humano con un diseño intencional, “varón y hembra los creó”, y en tal medida “quienes alteran su orientación sexual son enfermos o incurren en pecado mortal, porque el sexo está determinado desde la concepción”. Y es la clase de personas que considera que “una familia normal” jamás votaría por un homosexual.
De ese tamaño es la profunda dicotomía en la que se ubicó el señor Juan David Oviedo, como la de quien se sumerge por voluntad propia en la piscina de la indignidad, porque a la farandulera discusión sobre la diversidad sexual se le suman las contradicciones políticas:
Entre otras, que ahora se muestra como un negacionista más de los falsos positivos, pese a que días atrás defendía -mientras enfrentaba a Paloma- el papel de la JEP y los esfuerzos del gobierno de Gustavo Petro en busca de la paz.
Así las cosas, sin temor a equivocarnos podría hablarse de la prematura defunción de Oviedo como opción de centro. Es más, si nos pusiéramos de metafóricos, notaríamos una especie de coitus interruptus entre Oviedo y sus votantes. Para no hablar de eyaculación precoz… porque esta expresión podría juzgarse como políticamente incorrecta.
En todo caso, no sobra citar al cronista Iván Gallo, quien en su muro de Facebook dijo que “Oviedo acaba de arruinar su capital político. Colombia es el único país del mundo donde un homosexual quiere convencer a la gente de votar por una homofóbica”.
O como dijo Catalina Ruiz-Navarro en columna para El Espectador: Oviedo “pudo usar su alta votación para lanzarse con fuerza a la Alcaldía de Bogotá (el segundo cargo más importante del país), pero lo cambió por ir en busca de un cargo sin dientes, como la vicepresidencia”.
O como dijo Juan David Correa en columna para Cambio (Periodicazo de ayer), citando a Éric Vuillard: “Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor”.
* Foto de portada, tomada de la revista Cambio Colombia.