El trompo de poner

Por PUNO ARDILA

Cuando estábamos chiquitos solíamos pasar horas entre amigos y compañeros alrededor del trompo, jugando “calles”: un recorrido entre dos puntos determinados por los jugadores como inicio y como meta, y perdía quien, al cruzar la meta, llevara su trompo “puesto” para que los demás lo fueran arreando a golpes con sus trompos bailando. El castigo para el perdedor era que su trompo puesto recibía los “amarrados”, que los vencedores propinaban con el herrón de sus trompos. Para no perder su trompo consentido, los jugadores tenían otro para ponerlo (cuya condición era que también pudiera bailar), así que este trompo, el de poner, era el viejo, el de mala calidad, el astillado, el tatareto… el de desecho. La idea de los jugadores era que sus trompos “finos” no sufrieran, y que el castigo lo recibiera el de poner —para los jóvenes de hoy, doblegados por el mal uso del idioma y por la tecnología, sería “el trompo de colocar”—.

¿A qué viene esta historia? No se trata de revivir nostalgias; lo que ocurre es que nosotros vivimos una situación parecida, porque el paganini, el trompo de poner en nuestra sociedad aferrada al siglo pasado siempre es el mismo: la población civil. Para cualquiera de los jugadores del inminente futuro inmediato (Estados Unidos, Venezuela, Colombia y el ELN) que gane o pierda la “calle”, el trompo de poner será el mismo que han tenido durante décadas: la población inerme, la población indefensa, la que siempre termina pagando las cuentas y los platos rotos de esta guerra absurda, propiciada precisamente por los malos manejos de estos jugadores.

Siempre que hay un enfrentamiento, una escaramuza o una amenaza, el desquite es con el campesino, con el obrero, al que atacan sin que medie una razón, sin que medie un juicio, sin que haya posibilidad alguna de defensa. Como dice “El campesino embejucao” —canción de Óscar Humberto Gómez—, al pueblo lo ponen de blanco, y lo acusan de apoyar a cualquier otro bando, llámese EPL, ELN, AUC o “Lajar”, y le dan herronazos por ser el trompo de poner. Y todos los jugadores contentos.

Pero no solo en las montañas; en los espacios urbanos también. Frente a una nueva ley o una norma que afecte a los moteros o a los camioneros, la forma de protestar y “atacar” al legislador es cerrar las vías e impedir que el obrero, el empleado, el rebuscador y el estudiante lleguen a su destino. El ataque no es para el que dicta la norma, sino para la población civil, para la ciudadanía; y lo peor —dicho sea de paso— es que esos protestantes son también los que votan por los mismos legisladores y por los mismos gobernantes.

@PunoArdila

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