Por F SÁNCHEZ CABALLERO
Dicen que Jardín es un pueblo tan hermoso que uno podría morir en él. Pero no fueron los paisajes enigmáticos ni el encanto de sus mujeres lo que me empujó a conocerlo.
Acepté la invitación de Memo, un excompañero de trabajo con el que un año antes había cateado un viejo cementerio indio por los lados de Urabá. Según él, la desgarbada casona donde vivía su madre estaba embrujada: se oían ruidos por las noches y las sombras se regodeaban por los cuartos a sus anchas.
―Es posible que haya un entierro en ella ―dijo ―tenemos que encontrarlo.
Cuando llegué a Jardín el pueblo estaba de fiesta. La gente iba y venía. Los turistas abarrotaban los estaderos y las muchachas lucían sus mejores prendas, su mejor sonrisa. Antes de ser profesor, Memo había dirigido un grupo de teatro experimental en el pueblo. Nos reunimos con ellos.
Chatarrita, uno de los integrantes, había construido recientemente una chiva hermosamente decorada donde no cabía más de una docena de personas. Ese fin de semana visitamos una finca cafetera, recorrimos el pueblo en la chiva y bebimos en cuanto estadero encontramos.
Yo, como siempre, llevaba mi gorra negra. Es una costumbre que arrastro desde mi época de jugador de beisbol y que, aun en el aula como profesor, no pude evitar.
Éramos nueve en la chiva, pero en la banca de atrás iba un hombre con sombrero y ruana. No dijo esta boca es mía, nunca se tomó un trago, nadie supo de dónde había salido.
En un bailadero con enjalmas, sillas de montar y decoración de arriería, las muchachas me enseñaron a bailar guasca. “El todo es que tenga bien limpiecito su corazón”, cantaban. En otra mesa, solo y desconcertante, el hombre de ruana y sombrero veía pasar la noche frente a una cerveza, como si el ruido no lo perturbara.
De pronto, la Policía hizo detener la música y ordenó evacuar el lugar, por cuestiones de orden público.
Madrugamos a buscar el entierro, tarea en la que nos acompañó parte del grupo. Con varillas de hierro perforamos cada rincón de las gruesas paredes de tapia, en busca de un sonido metálico. Con mazos y recatones reventamos parches de cemento sospechosos en el patio, y con una polea bajamos al fondo del pozo de piedra, cuya profundidad calculamos por lo enrarecido que estaba el aire allá abajo.
No encontramos nada. Pero al salir sentí una incomodidad que no supe explicar. Quizá en el fondo del pozo perturbé el espíritu del agua o había removido algo que no se podía tocar.
Una brisa espesa sacudió los arbustos y los pájaros alzaron el vuelo. Me acerqué. El sol se ocultaba tras las montañas.
Algo oscuro se deslizaba por debajo de la cerca. Se movía con lentitud, como si me esperara. No parecía una amenaza. Más bien una advertencia.
El corazón me dio un salto. Supe que tenía que irme.
― ¿Qué te molestó? ―dijeron las muchachas. ―Esta noche es la despedida.
No supe qué responderles. Solo sabía que no podía quedarme.
―Si te vas, debes arrancar ya. ―dijo mi amigo ―Él último bus sale a las seis.
Tomé mi bolso. Me despedí de su madre y de todos con dolor. Dos días después me llamó Memo. Su voz sonaba descompuesta.
―Hermano, si le contara ―dijo. Esa mañana, después que usted se fue, mi madre madrugó a comprar arepas y vio parchado en la calle a un hombre de ruana y sombrero. Sus ojos apenas se veían y solo el ala de su sombrero se asomaba en la esquina. Volvió asustada y me dijo que no saliera. “Van a matar a alguien”.
No salí hasta por la tarde. Luego me encontré con el grupo en la plaza. Entonces vimos al tipo de ruana y sombrero acercarse. Miraba a todas partes. Parecía estar buscándonos. Recordé las palabras de mi madre: “van a matar a alguien”. Sentí ganas de correr, pero un frío intenso paralizó mis piernas.
― ¿Y qué pasó? ―pregunté.
Pidió permiso para sentarse en el muro y, dijo que había estado a punto de cometer un error.
― ¿Cuál error? ―Pregunté, impaciente, al otro lado de la línea.
―Dijo que era detective. Que para esas fiestas existía la amenaza de una toma guerrillera y, según informes de inteligencia, el jefe del grupo, alias El Profe, ya se encontraba en el pueblo. El problema es que no tenían fotos de él. No existía un rostro, solo pistas vagas: profesor, costeño… y usaba una gorra negra.
No dije nada, me quedé sin aire oyendo silbar las balas.
― Dijo que su misión era vigilar al grupo de teatro y sus contactos. Y que entonces aparecimos usted y yo.
Prendió un cigarrillo sin ofrecerle a nadie. Su mirada seguía esquiva. Algo no encajaba.
― ¿Y entonces? ―Insistí.
― Hermano, todo era muy raro. Según su informe, nada era concluyente pues no existían evidencias claras que nos implicaran. Pero él recibió la orden de proceder.
― ¿Qué quería decir eso? ―Pregunté.
―Dijo que estuvo medio día esperándonos en la esquina de mi casa, hasta que le ordenaron que abortara el plan.
― ¿Y entonces? Repetí.
― No lo sé. Aunque me pidió perdón, siempre tuve la impresión de que el hombre no hablaba de mí. Lo mejor es que se cuide.
Esa noche no pude dormir. En mi mente repetí las imágenes que me hicieron volver a Medellín.
Al día siguiente, en el noticiero regional de la mañana observé las imágenes de un cuerpo sin documentos, encontrado en la vía cerca de Andes. Según testigos, fue bajado de un vehículo y acribillado en la orilla. La imagen no era clara, su rostro estaba pixelado, pero a su lado podía verse con claridad una gorra negra. (F)
@FFscaballero