Cosa de puercos: el cerdo gordo y el cerdo flaco

Por F SÁNCHEZ CABALLERO

Planeamos una excursión de fin de año con un grupo de estudiantes. Desde las primeras clases de moldes, cada cual construyó su marrano con esmero. Lo pulimos y decoramos con motivos costumbristas: pájaros, casas, flores. En sueños les dimos aliento, los acariciamos y nutrimos con perseverancia durante meses; centavo a centavo, peso a peso, cada cual en la medida de sus posibilidades. Unos con generosidad, otros con sacrificio, pero siempre constantes.  

A dos meses del viaje, reunimos nuestra piara multicolor para el inventario general. Fue grato verlos llegar con su alcancía de arcilla en brazos, sonrientes y llenos de ilusión. Romperlos fue doloroso, la relación afectiva de cada uno con su puerco era notoria. Al partirlos, era claro que los buenos propósitos no habían bastado. La fe no siempre alcanza. Lo ahorrado no era suficiente. A pesar del esfuerzo, era urgente recoger más fondos para la excursión.

Después de contar hasta el último centavo y luego de muchas deliberaciones, decidimos comprar un marrano de verdad. Lo sacrificaríamos, venderíamos su carne y con un poco de suerte duplicaríamos la inversión.  

Un viernes por la tarde, caminamos río arriba hasta el criadero de un campesino que nos recomendaron. En busca del embeleco largamente planeado, compramos el cochino más prometedor que pudimos pagar con nuestros eximios ahorros. Para no sofocar al animal ni hacerle perder peso, esperamos la noche. —Están de buenas, — nos dijo el campesino, —la luna está bonita, como pa´ jarriar puercos.

Tres horas después, al paso del condenado, llegamos al pueblo, agotados y con poco tiempo para dormir. A las tres y media de la mañana nos encontramos en el patio de doña Carmen para completar el trabajo. Afilamos los cuchillos, limpiamos el mesón, recogimos hojas secas de palma, cortamos leña y pusimos una olla grande en tres bindes de piedra para hervir el agua. Un gran interrogante se deslizó entonces: — ¿Quién lo matará?… Ninguno de nosotros tenía experiencia en esa materia, pero como director de grupo, todas las miradas apuntaron hacia mí. Alguien tenía que hacer el trabajo sucio.

Tomé una mano de pilón y asesté un golpe certero entre ceja y ceja al animal. Pegó un chillido, se estremeció entre mis piernas, dobló sus patas delanteras como pidiendo perdón, pero se resistió a caer. Un perro aulló a lo lejos y alguien se persignó sin decir nada. Tuve que propinarle un segundo manotazo sin piedad. Uno de los muchachos decidió chuzarle el corazón para que la sangre fluyera, porque según dijo, —la carne se puede poner amarga. El puerco sangró profusamente.

La luna se empezó a ocultar. La madrugada se tornó plateada, pero los pájaros no se decidían a cantar. Los muchachos y muchachas del grupo hacían lo suyo: unos soplaban el fogón; otros, con las palmas encendidas chamuscaban sus pelos sajinos. Algunos le tiraban agua caliente en el pellejo soasado para que los demás, con cuchillos, rasparan su piel hasta dejarla lisa y rosada.

A pesar de nuestra inexperiencia en el asunto, todo iba a pedir de boca. En eso, doña Carmen nos gritó desde la cocina, para ofrecernos el primer café de la mañana. —Hay que recomponer el cuerpo y el ánimo— dijo. Bromeamos con ella: como madre de uno de los muchachos, bien podía acompañarnos a la excursión para que nos hiciera ese delicioso tinto cada mañana.  

La risa nos duró poco. Al regresar al solar, el cochino había desaparecido. No lo veíamos por ningún lado. El nerviosismo y la incertidumbre nos invadieron. Habíamos perdido nuestra inversión en un santiamén.  ¿Quién pudo robarlo en tan pocos segundos?… Molestos, nos dividimos en pequeños grupos hacia todas las direcciones posibles. Seguimos su rastro de sangre entre las matas de escobilla, traspasamos cercas, solares, linderos, esquivamos los colmillos amenazantes de los perros vecinos, hasta que lo vimos a unos doscientos metros por la cancha de fútbol gambeteándole a la muerte, sangrando como un nazareno y con el irregular bamboleo de las procesiones de Mompox, “dos pasos para adelante y uno para atrás”. Nos miró con resignación. Con una expresión distante, como si conociera su destino. Sin protestar se dejó conducir al patio como un condenado al cadalso, donde ahora sí encontramos su corazón. Fue una experiencia amarga, traumatizante. Sin decirnos nada, supimos que no teníamos madera para eso, aquello no era lo nuestro. No habíamos nacido para matar.

EL PUERCO FLACO

Con las pocas ganancias que obtuvimos del marrano gordo y perturbados aún por la traumatizante experiencia, planeamos nuestro siguiente movimiento. Decidimos probar suerte con uno flaco, al cual engordaríamos entre todos y luego revenderíamos. Sin tiempo para esperar a que saliera la luna, volvimos a la finca del campesino y le compramos el cochino más desgarbado y barato que tenía.

El puerco era dócil y sin aspavientos, trompi-largo, peli-mono y culi-chupao. Caminaba con flojera, como contando los pasos y se quedaba donde uno lo ponía. Agitaba el rabo con destreza y tenía una mirada lejana, como muchacho con lombrices.

—Es que, de chiquito, los demás no lo dejaban mamar—, nos dijo el campesino para justificar su lamentable aspecto.

Lo trajimos amarrado en un palo, y lo internamos en el solar de doña Carmen. Le llevábamos tanta comida como para reventar a un batallón, pero ese animal parecía no tener fondo. Todas sus energías las malgastaba restregando su culo estrecho contra la cerca y sacudiendo el rabo para espantar la nube de moscas que lo acompañaba a todas partes.

En quince días no había subido ni una onza. Sin competencia para conseguir comida, se volvió más perezoso, se lo pasaba echado en el barro, durmiendo. Ya ni siquiera el zumbido de las moscas lo importunaba. Quizá por terquedad seguimos alimentándolo, aunque sin muchas esperanzas. Una tarde, el médico del pueblo que pasaba por allí nos vio con cara de velorio y quiso saber qué ocurría. Le dijimos que teníamos un enfermo y que precisábamos de sus consejos profesionales. Refunfuñando ante tan singular paciente, lo revisó de arriba a abajo: tocó sus costillas filudas, miró sus ojos apagados, palpó el forro de sus pelotas para comprobar que estaba capado, y con expresión circunspecta diagnosticó:

— A ese animal lo que le falta es fuerza en los jarretes.

Nos recetó un refuerzo mineral y un purgante para esa diarrea eterna que no lo dejaba engordar. Lo purgamos, le pusimos un reconstituyente, le picamos un quintal de yucas ruches, contratamos toda la aguamasa sobrante del restaurante de mujeres, y nada.

Las clases terminaban y el tiempo apremiaba. Si el puerco no engordaba en quince días más, todo el esfuerzo hecho se iba al traste. Su condición era lamentable; sus nalgas parecían dos tapas de limón. En ese estado no podríamos vendérselo al carnicero del barrio de invasión, con quien de manera tentativa ya habíamos hablado, y tampoco teníamos ánimo para matarlo.

Quince días después, reunido el grupo en busca de soluciones extremas, uno de los muchachos dijo medio en broma que en el solar de su casa había un nido de abejas africanas. A falta de mejores propuestas, sin pensarlo mucho y tras ponerla en consideración, la descabellada idea se aprobó por mayoría. Ese viernes, entre oscuro y claro. Amarramos el animal al pie del árbol y apedreamos el nido. Los abejorros se le fueron encima a punta de aguijonazos. El puerco pataleó y chilló como nunca.

Forrados con trapos de pie a cabeza, aguardábamos con palmas secas y hojas verdes de matarratón para producir bastante humo. Cuando creímos que era el momento, nos abalanzamos sobre el marrano con las ramas encendidas espantando a las abejas.  El cochino se sopló de inmediato. Nadie celebró. Pude ver el arrepentimiento en los ojos de los muchachos. Hinchado desde la trompa hasta el rabo, parecía una bola de manteca. Quince minutos más tarde lo teníamos en el barrio de invasión, para cerrar el trato.

Tiznado y hosco, el carnicero afilaba un cuchillo enorme. No respondió al saludo, le dio una patada salvaje a un perro y nos miró con desprecio. Enmudecidos, lo observamos deslizar una y otra vez su inmenso cuchillo sobre la piedra, en un ritual que no incitaba a buenos pensamientos. Esperamos. Quizá solo fueron 10 segundos, tal vez 10 minutos.

—Qué hay con ese “jarreti-cagao”—, dijo al fin el hombre sin alzar la cara. Miré al puerco, que apenas se sostenía en pie, me encontré con su mirada de muchacho con lombrices y pude ver en sus ojos el reflejo de nuestro marrano gordo trastabillando en la cancha, gambeteando a la muerte… No era ese el destino que merecía nuestro puerco flaco, no podíamos hacerlo.

—Nada, —le respondí después de una larga pausa —queremos ver qué nos recomienda… está muy caliente y no quiere comer, pensamos que tal vez esté enfermo. Pero usted parece muy ocupado, mejor venimos otro día.

— Ajá — dijo el hombre con una mueca sarcástica.  (F)

www.fsanchezcaballero.net

@FFscaballero

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