A la sombra de un maniquí

Por F SÁNCHEZ CABALLERO

La noche envejeció antes de tiempo, todo es quietud y silencio. Sin la convicción de haber aprovechado el instante, dejo atrás el bar de la esquina y me adentro hacia la ciudad impredecible. Mi cuerpo se tambalea por la calle maloliente en la que ya no hay vendedores ambulantes, solo ratas, y desvalidos acurrucados sobre periódicos y cartones, bolsas de plástico y papeles que arrastra el viento como barriendo sus restos.

Tras de mí, la sombra de un caminante trasnochador se aproxima. Su andar luce como el de un hombre cansado; como yo. Sin un rumbo definitivo, me muevo a favor del viento para sortear  el frío que viene del norte y el hecho de sentirme solo. En todas las direcciones espero la llegada de un taxi. Miro hacia atrás… y el hombre cansado se ha aproximado tanto que logra alcanzarme. Me espanto. Un temblor impersonal eriza el canto de mi piel. Escucho sus pasos. Sobresaltado, me dispongo para recibir un saludo o una agresión. Siento su respiración en mi nuca. Calculo lo que me queda de fuerzas y mi casi nula capacidad de respuesta.

Una lámpara incandescente incendia mi rostro. Momentáneamente enceguecido, siento que el hombre se aleja. Segundos después escucho sus pasos de nuevo, como un toque de tambores. Presiento que en su puño cerrado trae encaletado un cuchillo y me estremezco. Uno solo de sus golpes puede ser definitivo. Puedo paladear el sabor de la sangre.

Arrastrado a patadas por la vida, no es extraño pensar en la muerte. Veo su figura amenazante. Nunca estás preparado para partir con valentía. A la hora de dejar algo de nosotros atrás, todos somos cobardes. Apenas tengo alientos para contener la respiración y apremiar las fibras de mi cuerpo con dignidad. Qué más da. Si ha llegado el momento, hay que afrontarlo con grandeza. Me detengo ipso facto. Desafiando a los designios de mi destino, esquivo sus movimientos recostados a una puerta de vidrio, a través de la cual un grupo de mujeres inmóviles me observa en silencio. La puerta cede; entro a toda prisa y en un impulso instintivo cierro por dentro. Todo está en penumbras. El hombre queda afuera, maldiciendo su malogrado intento.

No sé qué es aquello, quizá un salón de striptease o un pandemónium. Veo mujeres que giran alrededor de un tubo imaginario con posturas mecánicas y tatuajes en su cuerpo. Lo mismo les da una sonrisa que una mueca, un silencio que una alharaca. Comparadas con las mujeres del bar, estas no parecen prestar ningún servicio, o no están dispuestas. Sus maneras de mujeres malditas son un compendio de colores y sombras dramáticas; un molde grotesco en cuyas grietas se reinventa el amor fácil, las cosas inútiles. Aun así, ese lugar equívoco me sirve de refugio. Un tragamonedas titila en un costado y toco mis bolsillos sin éxito. Temeroso, miro hacia afuera, y veo al hombre del cuchillo aplastar su rostro contra el vidrio como una masa amorfa. Haciendo sombra con las manos, observa hacia el interior y hurga en la penumbra. Su mirada atraviesa mi carne sin resistencia. Siento el ardor en mis costillas. Sangro.

Avanzo hacia el fondo vacilante. Ausculto los rincones más sombríos de aquel espacio surreal. El piso ajedrezado me hace perder el equilibrio. Hay grafitis, símbolos paganos y existenciales en sus paredes; toda una gama de colores sicodélicos que la noche idealiza como una fiebre colectiva. El aire huele a inquietud, a hierbas alucinógenas. La incertidumbre me acompaña, aferrada a mis párpados.

 Me acerco a una mujer de vientre abultado, en cuya barriga puede verse a un niño con máscara de oxígeno flotando sobre un azul petróleo, respirando un aire viciado, envenenado. ―Alguien me persigue, ―le digo todavía agitado, pero no parece entenderme.

No sé si lo que ven mis ojos es real o ficticio. La luz no es buena. Apenas si puedo reparar en una muchacha que me recibe con el desdén de una novia olvidada. Su rostro tiene algo de cada una de ellas. Por sus piernas sube el tallo de una rosa que estalla en su vientre. Las espinas se hincan en su piel oscura. Una manzana verde descansa sobre su hombro y, en su espalda, una ventana abierta conduce a un paisaje sin contornos. Indiferente ante mis temores, me muestra la calavera que tiene tatuada en sus glúteos. Me aparto de ella, consternado.

Trastabillando en la penumbra, tropiezo con una mujer Guernica. Todo un caos en blanco y negro: ruptura, cortes geométricos, espacios imposibles. Su cuerpo es un campo de batalla en el que nadie ha salido victorioso. Sus formas se quiebran de manera arbitraria, creando lugares donde la mirada se extravía en supersticiones urbanas, fracasadas. En su abdomen, la cabeza degollada de un hombre se asoma por un ventanal irregular y un sol blanco ilumina sus pezones ciegos. En sus piernas una mano abierta suplica al cielo como una oración, mientras la otra sostiene una lámpara con una llama inútil.  A sus espaldas un caballo relincha envuelto en llamas, mientras un toro atraviesa el llanto de dos mujeres. Toda su vida parece desmoronarse en ese instante. El cuerpo de esa flaca utópica encarna una obsesión delirante, onírica, en la que, aunque despierto, no puedo dejar de soñar.

El aire apenas si se siente en la medida de su ausencia, igual ocurre con el no paso de las horas. El silencio es todo lo que hay. Siento que me miran. Una pelirroja de rodillas sostiene un vidrio templado en su espalda como una mesa de centro, y orienta su mirada a través de un espejo. Sobre el vidrio, un jarrón con flores plásticas parece dispuesto para una conversación absurda. El hombre que me seguía ha desaparecido; sin embargo, sigo atrapado en este espacio ilusorio, en un tiempo inadvertido, en un mundo falaz. Enfrentado al desparpajo de unas mujeres inquietantes que no entienden mi tragedia.

Sigo a tientas el hilo de mi pensamiento desordenado. Me abro paso entre caballetes y butacas buscando una salida, una explicación, pero una puerta se cierra dentro de mí. Oigo un murmullo en lo profundo de aquel espacio singular, veo las formas perturbadoras de Marilyn Monroe, quien parece descansar sobre un buró invisible. Su cuerpo es un río de fuego que se expande desde sus hombros, recorre sus senos puntudos, el valle de su vientre, y se derrama por su sexo como una premonición. De sus labios rojos emerge un murmullo circular, hipnótico. Me acerco.  

“Sola, estoy sola” ― le escucho decir

“Siempre he estado sola

pero hoy

ni siquiera me tengo a mi misma

para hacerme compañía”.

Su mirada descorazonadora y su sonrisa endemoniada tienen la misma función que el río del olvido. No recuerdo qué hago aquí. Nadie me dirá quién soy, dónde estoy o a dónde voy. Entonces un abanico de posibilidades se me ofrece como una encrucijada: quizá me encuentre en el taller de un escultor, en una galería de arte, o tal vez el hombre que me seguía en la calle me alcanzó con su cuchillo, y en tal caso, puedo hallarme en cualquiera de los círculos del infierno.

Miro mis manos rígidas, palpo mi costado, observo el reflejo en el vidrio, me reconozco por fin. El hombre que me sigue no es un hombre en cuerpo y alma, sino mi sombra que coteja mis pasos, mis derrotados pasos hechos polvo. No me persigue: me está entregando como una mercancía perecedera, como parte de un trato. Y no se irá hasta no recibir su pago.

Tal vez en mi piel esté tatuada la historia de mis andanzas, de mis hazañas y desgracias, de mis remiendos, mis palabras y silencios. Lo que tanto tiempo he dado por cierto no eran más que alucinaciones, ficciones de una estética disparatada, de una moral supersticiosa. Un concepto ambiguo, incluso para alguien que tiende a la introspección. Mi vida en términos de yo soy, nunca existió. Lo que sea que fuera mi tiempo fue el tiempo de muchos, y temo que ha concluido. (F)

www.fsanchezcaballero.net

@FFscaballero

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