Los manaos

Por F SÁNCHEZ CABALLERO

Eran como cerdos salvajes: prietos, sin rabo, de mediana estatura, alegres y agresivos. Comían de todo y se reproducían como conejos. Quizá eran una especie única, un intermedio entre el chigüiro llanero y el zaino chocoano.

Cada año emigraban por miles desde la cordillera del Darién hasta la ciénaga de Marriaga. A su paso dejaban una cicatriz en la montaña, tan ancha y trillada como una carretera abierta entre los árboles. Tal vez esa era la autopista que el padre Alcides decía ver desde el aire y que atribuía a la vieja ruta que indios y conquistadores usaban para allanar su camino de mar a mar.

En época de celo bajaban eufóricos, mordiéndose entre sí, jugando, convirtiendo la ciénaga en un campo de batalla. Quince días duraba aquella algarabía. Luego se dispersaban por el monte, exhaustos, preñados, devorándolo todo hasta el siguiente octubre.

El pueblo aprendió a esperarlos. Cada año era una fiesta.

Cuando los padres de Neneco llegaron con aquella recua de cazadores, nadie había visto cosa igual.  Eran criollos, nerviosos, de tres colores. Tenían las orejas grandes y un hocico a prueba de todo. No había animal que se les escapara: guaguas, ñeques, venados, armadillos. En poco tiempo acabaron con las zorras y ahuyentaron al tigre que merodeaba a los puercos.

Nada podía detenerlos.

Neneco les tenía nombre a cada uno, los llevaba a la escuela y se bañaba con ellos en el río. Les hablaba como si fueran gente y recogía huesos en el pueblo para darles. Eran la atracción de todos.

Ese año, fueron los perros los primeros en sentirlos. Desde la tarde anterior se les vio inquietos. No comieron, ladraron sin parar y caminaban tensos con el hocico en alto sacando información del viento.

—Amárralos —le dijeron —esa no es faena para perros.

Ese día el pueblo se preparó como siempre. Mi padre calentó la pólvora de la escopeta, limpió los perdigones de plomo, los hombres afilaron machetes y le sacaron punta a los palos de mataculebra, mientras los muchachos nos trepábamos a las ramas.

Primero se sintió temblar la tierra, luego se oyó la algarabía y de repente el monte comenzó a abrirse como si de una borrasca de manaos se tratara.

Eran demasiados.                                                                

Amarrados en los horcones de su casa, los perros ladraban sin parar. El olor a almizcle y el ruido en la trocha les decía que se estaban perdiendo de algo grande. Un instinto salvaje los llamaba.

Los primeros disparos tumbaron a unos cuantos, pero los manaos no se detuvieron. Desde los árboles las lanzas les caían traspasando sus cuerpos. Sus chillidos conmovían la selva. Ellos seguían avanzando.

Los perros no aguantaron más y tiraron con fuerza.  Las cuerdas cedieron. Desde los árboles los vimos llegar. Neneco comenzó a gritarles por sus nombres, pero no lo oyeron.

Los perros iban como impulsados por un viento que venía de lo profundo del monte, atraídos por un grito de guerra.

Los perros se lanzaron contra la manada, por un instante fue como si la caballería llegara. Verlos pelear era un espectáculo superior a una pelea de gallos. Los manaos chillaban ante sus garras. Sus cuerpos volaban por el aire, sangraban.

Hasta que los manaos se detuvieron y giraron. La embestida fue cerrada. Brutal. Los perros resistieron, mordieron, derribaron. Fue un choque fuerza con fuerza, diente con diente. La manada no se rompía. Se multiplicaba, los cubría como un remolino.

Chillidos y aullidos fueron una sola cosa. Cuando los últimos disparos cesaron y la manada se dispersó rumbo a la ciénaga, todo quedó en silencio, pero ya no quedaba nada que salvar.

Había decenas de manaos muertos, y los tres perros despedazados en la trocha.

Esa noche Neneco no comió. Los enterró detrás de la casa, poniendo a cada uno su nombre sobre una piedra.

La cacería siguió cada año, pero sin perros. La espera, el ruido la algarabía, la sangre. Nada fue igual. La carne se repartía casa por casa. Durábamos meses enteros comiendo carne ahumada hasta el hastío.

Nadie pensó que podían acabarse. Cada año se veían más tristes, cada año llegaban menos. Al siguiente, apenas unos cuantos. Los cazadores furtivos decían haber visto uno que otro perdido en el monte, flaco, descarriado.

Mi padre decía que los manaos no desaparecieron, se extraviaron. Como si hubieran olvidado el camino.

Yo creo que fuimos nosotros los que los acabamos. (F)

www.f.sanchezcaballero.net.

@FFscaballero

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