M-19: la espada y la risa

Por Keshava Lìévano

El próximo 19 de abril cumple años el M-19 y no es un aniversario cualquiera. No lo celebran desfiles ni discursos oficiales, sino la memoria, que en Colombia suele ser un territorio en disputa. Cincuenta y dos años después, el Movimiento 19 de Abril sigue siendo una pregunta abierta: ¿fue una insurgencia necesaria o una tragedia evitable? ¿Una épica popular o una deriva dolorosa?

El M-19 nació de una sospecha: que la democracia había sido burlada. El 19 de abril de 1970 quedó inscrito como una fecha herida, como el relato de un país al que le arrebataron su voz. De esa grieta emergió una organización distinta, menos doctrinaria que otras guerrillas, más cercana al gesto, al símbolo, a la escena. Si otras insurgencias hablaban en el idioma rígido de la ideología, el M-19 eligió el lenguaje movedizo de la imaginación política.

Robar la espada de Bolívar no fue un acto militar. Fue literatura. Fue teatro. Fue, sobre todo, la intuición de que en Colombia el poder también se disputa en el terreno del símbolo. Desde el comienzo, el M-19 entendió que no bastaba con tomar el poder: había que narrarlo.

En el centro de esa apuesta estuvo Jaime Bateman, el comandante que parecía más un narrador que un estratega. Caribe, irreverente, dueño de una oralidad que mezclaba la risa con la intuición política, Bateman no pensaba la revolución como un manual, sino como una experiencia viva.

Desconfiaba de las revoluciones tristes.

Decía, en distintos tonos, que una revolución tenía que parecerse al país que soñaba. Y si Colombia era fiesta, contradicción, música y afecto, la revolución no podía ser un ejercicio de solemnidad ni de sacrificio perpetuo. Tenía que tener algo de risa. El humor, para él, no era frivolidad: era estrategia. Reír era una forma de romper el miedo, de desarmar al poder, de acercarse al pueblo sin la distancia de los discursos grandilocuentes.

Pero si el humor era una herramienta, el amor era una convicción.

Bateman hablaba de una revolución atravesada por el afecto: la cercanía entre compañeros, la lealtad que se cultiva, la idea de que el proyecto político no podía construirse desde el odio. En medio de una lógica de guerra que deshumaniza, su insistencia en la ternura sonaba casi subversiva.

Y luego estaba el baile.

Puede parecer anecdótico, pero no lo es. Para Bateman, el baile era una metáfora de la política: escuchar, ceder, avanzar, retroceder, moverse con el otro. No hay baile sin reconocimiento mutuo. Una revolución que no sabe bailar —parecía decir— es una revolución que no sabe convivir.

Ese espíritu marcó al M-19 en sus primeros años: una guerrilla urbana, simbólica, que hacía de la acción un relato. Pero la historia, como casi siempre en Colombia, se encargó de endurecer el tono.

Tras la muerte de Bateman, vinieron otros comandantes: Iván Marino Ospina, Álvaro Fayad, Carlos Pizarro. Cada uno encarnó un momento distinto: la ofensiva, la radicalización, la transición. Pero también el desgaste. Porque toda épica, cuando se prolonga, corre el riesgo de convertirse en tragedia.

Y la tragedia llegó con fuerza. El Palacio de Justicia en 1985 es el punto donde el relato se quiebra. Allí, el país dejó de ver símbolos y empezó a contar muertos. El M-19, que había querido disputar el sentido de la nación, quedó atrapado en una escena donde la violencia desbordó cualquier narrativa posible.

Sin embargo, el mismo movimiento que empuñó las armas fue capaz de soltarlas. Bajo el liderazgo de Carlos Pizarro, el M-19 entendió que la guerra no podía ser el destino final. La desmovilización de 1990 fue, en cierto modo, su acto más radical: cambiar el fusil por la palabra, la clandestinidad por la plaza pública. De esa decisión nació parte de la Constitución de 1991, uno de los momentos más luminosos —y también más frágiles— de la democracia colombiana reciente.

Pero ni la paz borra la violencia, ni la violencia cancela las preguntas que dieron origen a la insurgencia. El M-19 permanece como una historia ambivalente: abrió caminos democráticos y, al mismo tiempo, dejó cicatrices profundas. Es como el país que lo vio nacer, una mezcla de esperanza y error.

Quizás por eso sigue siendo necesario volver sobre él, no para absolverlo ni condenarlo, sino para comprenderlo. Porque en su historia está contenida una de las tensiones más hondas de Colombia: la dificultad de creer en la democracia sin sentir que en algún momento fue traicionada.

Y, en el fondo de esa historia, sigue resonando la voz de Bateman.

No como consigna, sino como pregunta.

¿Puede una revolución ser también una celebración de la vida? ¿Puede reír sin perder su fuerza, amar sin perder su horizonte, bailar sin olvidar su propósito?

La espada que una vez fue robada ya no está en manos de guerrilleros. Pero el gesto —ese gesto de disputar el sentido del país— permanece. Y junto a él, quizá más persistente de lo que se admite, la intuición de que incluso en medio de la historia más dura, hay algo que insiste: la necesidad de que la política, alguna vez, vuelva a parecerse a la vida.

Hoy, más de medio siglo después de su nacimiento, el M-19 habita un lugar inesperado en la historia: el poder.

La figura de Gustavo Petro —antiguo militante del movimiento— encarna esa paradoja. Lo que alguna vez fue insurgencia, clandestinidad y ruptura, hoy se expresa desde la institucionalidad, desde la presidencia de la República. La historia, que en Colombia rara vez avanza en línea recta, ha dado uno de esos giros que parecen escritos por un novelista.

Pero no se trata de una simple continuidad. El M-19 no gobierna, no existe ya como organización. Lo que persiste es otra cosa más difícil de nombrar: una herencia, una sensibilidad, una forma de entender la política como disputa simbólica y como narrativa.

En Petro resuenan algunas de las intuiciones de Jaime Bateman: la idea de hablarle al país desde la palabra, de convertir la política en relato, de insistir en que la democracia debe ser algo más que un procedimiento vacío. También, en ciertos momentos, esa apuesta por un lenguaje que mezcla lo épico con lo cotidiano, lo histórico con lo íntimo.

Sin embargo, el paso de la insurgencia al gobierno no es un tránsito sin fisuras. Gobernar exige lo que la guerra elude: administrar, negociar, ceder, habitar las limitaciones. La épica se enfrenta a la burocracia; el símbolo, a la realidad concreta de un país desigual y fragmentado.

Ahí emerge la tensión más profunda de este presente: ¿qué queda de una revolución cuando llega al poder? ¿Qué sobrevive del impulso original cuando se enfrenta a las reglas del Estado?

Tal vez la respuesta no esté en medir la fidelidad a un pasado, sino en reconocer la transformación. El M-19 que alguna vez habló de amor, humor y baile hoy se enfrenta a un país que exige resultados, reformas, decisiones. La poesía de la insurgencia se ve obligada a traducirse en políticas públicas.

Y, sin embargo, algo persiste.

En la manera de narrar el país.

En la insistencia en disputar el sentido de la historia.

En la convicción —todavía incómoda— de que la política no puede renunciar del todo a la imaginación.

El epílogo del M-19, entonces, no es un cierre. Es una mutación.

Ya no es la espada robada, sino la palabra en la plaza.

Ya no es la clandestinidad, sino la exposición permanente del poder.

Ya no es la promesa de una revolución, sino el desafío de gobernar un país real.

Y quizás ahí, en esa tensión entre lo que se soñó y lo que se gobierna, se juega hoy la pregunta más difícil de todas:

Si es posible, todavía, que la historia —con todo su peso— deje espacio para algo de aquella intuición primera: que la política, incluso desde el poder, no olvide del todo cómo reír, cómo amar… y, en medio de sus contradicciones, cómo aprender a bailar.

@KeshavaLievano

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