La crueldad como proyecto político

Por YEZID ARTETA*

“Todo su alarde de superioridad moral es teatro político. Quiere algo. Sólo tenemos que averiguar qué”, reflexiona Nile Jarvis, el inquietante y cruel personaje en The beast in me (La bestia en mí), la vertiginosa serie de Netflix protagonizada por la polifacética Anggie Wiggs. Las campañas de Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, candidatos a la Presidencia por la extrema derecha colombiana, tienen más de teatro que de contenido: espantajopismo el primero e histrionismo la segunda. Todo lo contrario sucede en la campaña progresista de Iván Cepeda, en la que predomina la sustancia, como se puede ver en El poder de la verdad, el jugoso programa que ofrece el candidato presidencial al electorado colombiano.    

El teatro político de la extrema derecha viene acompañado por la crueldad. En estos tiempos, Viejo Topo, la crueldad no sólo consiste en torturar físicamente a una persona por sus creencias como ocurrió con San Lorenzo, el mártir cristiano que fue asado en una parrilla, o Policarpa Salavarrieta —La Pola—, la heroína guaduense que murió acribillada por un pelotón de fusileros. Negar el pan, la tierra, la paz y la libertad al pueblo es un acto de crueldad. La oposición al Gobierno de Gustavo Petro ha sido cruel. Abaratar la mano de obra, despojar a los campesinos de sus tierras, impedir que las comunidades azotadas por los violentos insistan en la paz y prometer la extirpación de la izquierda; son lecciones de crueldad. Nada bueno se puede esperar de quien se jacta de torturar y matar a un gato o de quien propone segregar a los indios de los blancos.

La primavera de la extrema derecha global no ha sido tan larga como auguraban sus promotores. El campo ideológico del que se alimenta la extrema derecha colombiana viene en declive. La guerra iniciada por la Casa Blanca en el Golfo Pérsico ha resultado ser una mala idea. Ha llegado a tal punto que sus propios patrocinadores no saben cómo salir de ella sin asumir un alto costo político. Este costo sería tanto externo como, sobre todo, interno. Especialmente de cara a las elecciones de medio mandato en los Estados Unidos donde pocos apuestan por el triunfo de Donald Trump.

La derrota en el reciente referéndum italiano que pretendía reformar la Constitución, aprobada tras la derrota del fascismo y la ejecución de Mussolini, dejó mal parada a Georgia Meloni —aliada de Trump—; mientras que en Francia las grandes capitales, incluyendo París, dieron un portazo a las pretensiones de la extrema derecha de Marine Le Pen. Situaciones similares sucedieron en Eslovenia y Dinamarca, donde el pasado marzo el bloque de izquierda se alzó con el triunfo. En Hungría, Viktor Orban —defensor de la democracia iliberal— se juega la piel en las urnas el próximo domingo 12 de abril.

En el Cono Sur, presidido por mandatarios de extrema derecha, las cosas no pintan bien. En Argentina la imagen de Javier Milei está en franca caída a causa de la inflación, los recortes, la corrupción y el estancamiento económico que ha llevado al cierre de más de 22.000 empresas. Milei vive —como en la distopía de Un mundo feliz de Aldous Huxley— en una realidad artificial, mientras millares de pensionados, estudiantes, empleados y enfermos son víctimas de los crueles recortes. El pinochetista José Antonio Kast, quien apenas lleva cuatro semanas ocupando la presidencia de Chile, vio mermada su popularidad por el aumento en el precio de los combustibles, y el incremento de los asesinatos —según datos de la Fiscalía y de la policía chilena— en un 36 por ciento en comparación con el mismo periodo de su antecesor. Una cosa es prometer bienestar y seguridad, otra muy distinta es llevarlo a cabo. Al vecino Daniel Noboa de Ecuador, las cifras no le acompañan: apenas un 27 por ciento de la población lo soporta, razón que lo impulsa a provocar un incidente distractivo en la frontera con Colombia, lance que el presidente Gustavo Petro, con ponderación, ha evitado.    

Quedan pocas semanas para que los colombianos y colombianas elijan presidente. El periodismo militante de los grandes medios no disimula el apoyo a la extrema derecha. Incluso portales como La Silla Vacía, que se jacta de imparcialidad, han mostrado los dientes; y tratan de dulcificar la naturaleza cruel y los rasgos antidemocráticos de Paloma Valencia y De La Espriella, a la vez que encochinan la figura moralizante y legalista de Iván Cepeda. Para fortuna de la democracia colombiana, el periodismo militante está en decadencia. Lo mismo ocurre con los obsoletos directorios de los partidos tradicionales, que siguen empeñados en reproducir un país que sólo existe en sus cabinas de radio, platós de televisión y en las viejas mansiones, donde la servidumbre está obligada a almidonar las sábanas y a combatir los malos olores que emanan de las cañerías. ¡Adiós al mundo cruel! 
    
Apunte: En la cabecera municipal del bello San Agustín, Huila, un grupo de jóvenes liderados por Horacio Guerrero han adquirido un viejo caserón para convertirlo en Casa Bohemia, un espléndido y acogedor lugar en la que se juntan libros, tertulias y delicatessen elaboradas por manos artesanales. Es impresionante lo que ofrece Colombia, el país de la belleza. Nada que envidiar.

@Yezid_Ar_D

* Tomado de revista Cambio Colombia

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