Por PUNO ARDILA
Si algo nos dice la última radiografía del Celag es que Colombia, ese país que parece hoy una jaula de “kick boxing” (con propuestas de campaña sin propuestas, pero emperradas solo en hablar mal del otro), está atravesando un momento de lucidez política que pocos vieron venir. No es poca cosa que, en una región donde la popularidad de los gobernantes suele evaporarse antes del primer café de la mañana, la gestión de Gustavo Petro se mantenga con un respaldo que supera con creces la mitad de la mesa. En términos históricos, esto es una anomalía, y de las buenas: un presidente que se acerca al tramo final con los números a su favor es, por decir lo menos, un síntoma de que el relato del “caos” no ha logrado permear el sentido común de la calle.
Pero miremos con lupa. Lo que la gente está validando no es solo una figura, sino una idea de país. Hay una mayoría silenciosa —aunque ya no tanto— que entiende que la economía no es esa entelequia de los tecnócratas, sino la posibilidad real de que el Estado deje de ser un club privado de los de siempre. Es refrescante ver que el ciudadano de a pie ya no se come el cuento de que bajar los impuestos a los poderosos genera empleo; al contrario, hay conciencia clara de que sin justicia fiscal no hay sanidad ni educación que valga.
Incluso en el terreno del miedo, que ha sido el combustible histórico de nuestra política, el país está dando lecciones. Mientras algunos siguen pregonando “mano dura” y castigo como única receta contra la inseguridad, casi la mitad de los colombianos ha decidido apostar por el camino difícil pero certero: la educación y el trabajo para los jóvenes. Es un giro de guion fascinante. Preferimos las aulas a las celdas, y eso habla de una madurez democrática que ya quisiera cualquier vecino.
Hacia el futuro, el tablero electoral nos muestra a un Iván Cepeda consolidado, no solo por su intención de voto, sino porque encarna esa coherencia que el electorado hoy premia. En la otra orilla, la derecha tradicional se enfrenta a un techo de cristal que ella misma construyó a punta de negacionismo.
En definitiva, estamos ante un país que ha dejado de ser un espectador pasivo. Entre el antiuribismo y el antipetrismo hay una nación que reclama un Estado fuerte y eficiente, que cuida sus recursos naturales y que, a pesar de la incertidumbre propia de los tiempos, ha decidido abrazar la ilusión del cambio por encima del miedo paralizante. Colombia se está pintando a sí misma con los colores de la equidad, y eso es algo que ninguna encuesta debería ignorar.
@PunoArdila