Por PUNO ARDILA
Continuando con el inventario de nuestras flaquezas, el episodio narrado la semana pasada me dejó otra perla para el análisis: los “abonados” a la cuenta, sean familia, amigos, conocidos o desconocidos, no tardan en reaccionar a esta clase de publicaciones, al parecer, de la única forma que parece conocer el algoritmo moderno; con la agresión pura y dura. A falta de argumentos contra lo expuesto, descargan contra el oponente que guerrillero, apoyador de yo-no-sé-quién, delincuente y criminal, que corrupto, gordo, flaca, que despeinado y hasta sin corbata, o tieso como una estaca. Todo con esa ligereza de quien repite un libreto mal aprendido.
Cuando se pregunta por las pruebas de tales crímenes, incluidos esos de ser gordos o flacos o feos o sin pedigrí, la respuesta es el silencio o el lugar común: «Es que sale en fotos con este o con el otro». ¡Pues claro! Si su oficio es, precisamente, sentarse a dialogar, a ver si dejamos de matarnos, es lógico que aparezca con esos tránsfugas; pero aparecer en una foto con un desmovilizado no lo hace insurgente, así como aparecer en una foto con los políticos de nuestra región —esos sí, delincuentes de cuello blanco con prontuario comprobado— no nos convierte a nosotros en ladrones de cuello almidonado. Falta capacidad para procesar la diferencia entre el análisis y la militancia, por lo resultan también metiéndolo a uno al baile, como si informar, analizar y opinar fueran causales de odio.
Las redes son el principio del fin; un espacio degradante donde se destruye el entorno personal por defender posturas políticas que, al final del día, poco o nada cambian nuestra realidad inmediata. En mi familia (y eso incluye a los amigos), pactamos hace mucho no tocar temas de religión ni de política; no por cobardía, sino por higiene mental. No estamos preparados ni maduros para discutir, y confundimos discusión con enfrentamiento feroz. Discutir es sano cuando hay argumentos y cuando se entiende que no vamos a convencer al otro; y nadie cambia de religión ni de candidato porque alguien salga a manotear y a dar alaridos.
Mensæ tegumentum. ¿Hay premio para la barra más brava? ¿Un candidato suma votos por interrumpir una película con publicidad invasiva o prometer «el oro y el moro» convertido en superhéroe de pasacalle? La respuesta, tristemente, es que en este país el ruido suele pesar más que la razón. Gritar «¡Cepeda!» de un lado o «¡el Tigre!» del otro no les da fuerza en las urnas, pero sí sirve de termómetro para saber que, una vez se den los resultados, nadie los va a respetar. Ahí les dejo el trompo en la uña, a ver si somos capaces de bailar sin pisarnos los callos.
@PunoArdila