Por PUNO ARDILA
En nuestro país, la democracia es un ejercicio de fe tan precario que podría mejorarse si aumentara el nivel de lectura. Nos llenamos la boca diciendo que somos la democracia más antigua y sólida de la región, pero la realidad es que nuestro sistema electoral tiene una consistencia gelatinosa y débil. Hace poco, navegando por ese albañal que son las redes sociales, me topé con una publicación que pretendía vaticinar el futuro presidencial. Un entusiasta de las encuestas —de esas que se cocinan al gusto del cliente— anunciaba con bombos y platillos que Abelardo de la Espriella doblaba en intención de voto a Iván Cepeda y que, por supuesto, ganaría en primera vuelta sin despeinarse siquiera.
El problema no es el dato, que al fin y al cabo el papel y la pantalla aguantan todo; el problema es la psicología del votante criollo. Decía alguna vez un personaje curtido (curtida, digo) en las mañas de la corrupción regional: «Uno no debe votar por el que quiere, sino por el que va a ganar». ¡Hágame el bendito favor! Esa máxima, que resume nuestra tragedia civil, nos aleja años luz de lo que debería ser una pugna democrática real. En una democracia digna de tal nombre, uno vota por sus ideales, por el programa que le calza a sus convicciones, así sepa de antemano que su candidato no sacará ni los votos de la familia.
Recuerdo a un candidato reciente a la alcaldía de Bucaramanga que, tras la derrota, irradiaba una felicidad casi mística. ¿La razón?: sin vallas, sin pautas millonarias y sin haber empeñado el alma a los caciques, obtuvo decenas de miles de votos. Eso es salud democrática; lo otro, lo de votar por el ganador para ver qué migaja cae de la mesa o qué mordida se asegura en la próxima administración es simplemente mercadeo de baja estofa.
Publiqué los resultados de una encuesta de Invamer —esa sí con algo de seriedad— enfocado en el escenario que hoy parece más polarizante: un cara a cara entre Cepeda y de la Espriella. Lo que siguió fue el festival del insulto. Saltó el que confunde el debate con el boxeo a gritarme que todo era mentira. No argumentó, solo gritó. Estamos tan acostumbrados a la lógica de las barras bravas que ya no vemos contendientes, sino enemigos a muerte. Si mi candidato gana, me burlo del vencido; si pierde, grito «fraude» y juro que me robaron. No hay elegancia en la victoria ni dignidad en la derrota. Como bien decía Umberto Eco, las redes le han dado voz a una legión de imbéciles que antes solo hablaban en la barra de un bar y ahora son seguidos por hordas de aplaudidores.
@PunoArdila