Por ANA XIMENA GUERRERO*
Hoy no vengo a hablarles de estadísticas, sino de la arquitectura de nuestra propia deshumanización. Nos hemos acostumbrado a abrir los periódicos y leer sobre islas privadas donde el poder se manifiesta como un depredador insaciable. Lo de Epstein no es un evento aislado; es la cima de una pirámide cuya base alimentamos todos cuando aceptamos que el cuerpo humano puede tener una etiqueta de precio.
Nos dicen que la prostitución es ‘trabajo sexual’, que es ‘libre albedrío’, que ‘mejor ser rico que pobre’. Pero yo les pregunto: ¿Existe la libertad cuando la opción es el hambre? No hay salud mental, ni ética, ni justicia en la libertad de auto despreciarse por un plato de comida. No podemos llamar ‘derecho’ a un contrato de despojo. La compraventa de placer no es un empleo; es el síntoma de una sociedad que ha renunciado a proteger lo sagrado: la integridad de la vida.
Miramos con horror las historias de ‘monstruas’ que traicionan la vida o de juezas que pierden la suya en la soledad del exhibicionismo, pero nos negamos a ver el hilo conductor: el mercado insaciable de los cuerpos. Al victimario lo debe alcanzar la justicia, pero a las víctimas debemos acogerlas nosotros como sociedad. Y acoger no es solo mirar; es prevenir. Es dejar de ser los moralistas de vitrina que citan a Sodoma y Gomorra mientras consumen el morbo de la primera página.
Por eso, hoy exijo un refugio de paz. No hablo de un encierro por castigo, sino de un ‘convento’ simbólico y real para ser mujer. Un espacio de autonomía radical donde no existan los cordones de sangre que nos aten al sometimiento. Necesitamos hogares que no sean cárceles y mujeres que no necesiten un lugar impropio para sentirse seguras.
Educamos a nuestras hijas con el ‘no’, porque las queremos vivas. Como madres, somos el último muro frente a la rabia ajena expresada en perversiones de placer y violencia. Pero no basta con muros individuales. Necesitamos políticas de inclusión que saquen a las personas de la penumbra de las esquinas o de tierras “libres” con muros de mar para devolverles al territorio de lo humano.
No todo vale. No todo se compra. Para ser dignos, para ser activos en la humanización, el primer paso es retirar el cuerpo femenino de la bolsa de valores del deseo como producto que se cotiza según el poder adquisitivo en la pirámide social, unos en casas de familia, otros en islas muy privadas. Hagamos de la paz con el propio vientre un derecho. El cuerpo protegido: una conquista social.
* Psicóloga de la Universidad de los Andes. Le interesa lo político, cultural y educativo, sustentado en los principios de la ética, la libertad y la autonomía.