Por ISAÍ FUENTES GALVÁN*
Por estos días de elecciones he visto por ahí muchos candidatos de muy pero muy bajo perfil, que solo hacen campaña basados en el odio, la injuria y la calumnia, en la denuncia sin pruebas, en el escándalo y el infundio, no proponen nada, pero difunden odio, miedo y rabia en redes sociales.
La mayor parte de lo que dicen es mentira, pero gritan exactamente lo que sus fanáticos seguidores -igual de enfermos de odio que ellos- quieren escuchar. Recogen ese odio, crecen en redes como la espuma y así llegan al Congreso.
Fanáticos, furibundos, agresivos y violentos, extremistas, auténticos sicópatas, con evidentes trastornos mentales o de personalidad que van por las redes sociales manchando nombres, atentando contra la honra de los demás, acusando sin pruebas o con otras pegadas con ya saben qué, hilando muy delgado para destruir en segundos la reputación y el buen nombre logrado con años de trabajo y esfuerzo, como si nada. Pero si alguien les pregunta la diferencia entre ‘eutanasia’ y ‘eugenesia’ no saben qué decir, no tienen ni idea… suponen que deben de ser unas mellizas hijas de Eugenio y Eustasia. Y así, dicen estar listos para ir a hacer nuestras leyes en el Congreso.
El cerebro no les da para más, sino para odiar, insultar, vociferar, amenazar, hacer falsas denuncias posando de valientes y luego -cuando les ordenan rectificar- optan por victimizarse diciendo que los quieren callar, que los tienen amenazados y que cualquier cosa que les pase es culpa de… ya saben quién. Locos furiosos, dementes, sicóticos en potencia.
Así, con ese grado de ignorancia, con ese carácter trastornado y violento quieren ir a discutir y hacer las leyes en nuestro Congreso.
Por eso me di a la tarea de investigar cómo y por qué este tipo de personajes tienen altas probabilidades de obtener muchos votos e incluso de llegar al Congreso y leyendo a Harari, el afamado filósofo Israelí, creí encontrar una respuesta que quiero compartirles, porque -les confieso- todavía no dejo de preguntarme cómo es que tipos como Jota P Hernández, Polo Polo, Lina Garrido o Alirio Barrera llegaron a donde están al punto que hoy son protagonistas de la conversación política del país…¿Cómo diablos hicieron para llegar ahí? Y otros más, por aquí de la comarca, que ahora quieren llegar al Congreso y que por ahora no vale la pena mencionar, pero que ustedes – y ellos mismos- saben perfectamente quiénes son.
¿Cómo y por qué algunos candidatos a la Cámara de Representantes por Santander, como un tal ‘Matri’ que va por ahí insultando a sus rivales y poniendo pancartas incitando a la violencia política, y otro, un tal Carlos Anaya que desde sus redes sociales hace ‘denuncias’ sin pruebas, acusaciones falsas y profecías apocalípticas que luego resultan las unas no ser ciertas y las segundas no se cumplen, tienen tantos seguidores y que por ello se creen listos para llegar al Congreso a hacer nuestras leyes?
Leyendo a Yuval Noah Harari he creído encontrar una posible respuesta a esa pregunta. Aunque un poco mas larga de lo habitual, esta columna pretende hacer un resumen de lo que dice el filósofo israelí al respecto, y podría explicar ¿por qué los tontos nos gobiernan? Algo que me pareció aún más interesante: ¿porqué los elegimos? Una reflexión importante y oportuna para esta época electoral.
Nota: no se alarmen si la encuentra inusualmente larga, entiendan por favor que es casi un resumen de todo un libro de más de 400 paginas. Pero les aseguro que es entretenida y edificante. Puede que usted no sea el mismo cuando termine de leerla. Al terminar de leerla probablemente podrá haber contribuido a reducir los niveles de ignorancia y en el peor de los casos, podrá incluso presumir con sus amigos de ya haber leído a Harari. Así que no es un mal negocio leerla completa. Advertencia: No apta para mentes mediocres y fanáticas.
¡Ahí les va!
Si miramos el estado actual del mundo, y las competencias de sus gobernantes, tanto a nivel mundial como local, es difícil no sentir una profunda perplejidad y desconcierto.
Observemos los desafíos existenciales que enfrentamos. La crisis climática, la regulación de la inteligencia artificial, el riesgo de guerra nuclear. Si luego miramos a las personas encargadas de gestionar estos riesgos lo que vemos con demasiada frecuencia, es, no a los sabios, ni a los filósofos, ni a los científicos más prudentes, lo que vemos son líderes impulsivos, narcisistas, a veces intelectualmente limitados, que parecen actuar con la lógica de un patio de colegio y no con la gravedad que requiere la supervivencia de la especie.
Si nos preguntamos ¿cómo es posible que en una sociedad que valora la educación y la inteligencia, cómo es que el sistema filtra para llegar arriba a los menos capacitados para entender la complejidad? La respuesta fácil es pensar que se trata de un accidente, un error temporal de la democracia o de las dictaduras.
Pero según Harari, la respuesta científica, la que nos ofrece la biología evolutiva y la psicología, es mucho más inquietante.
No es un error. Es una característica de diseño de nuestra especie. -Dice Harari-
Los tontos, o para ser más precisos, las personas con exceso de confianza y falta de duda, gobiernan el mundo porque la evolución humana ha premiado sistemáticamente la certeza sobre la veracidad. Para entender esto, tenemos que viajar 70.000 años atrás.
Harari, nos pone un ejemplo:
Imaginen a dos miembros de una tribu en la sabana. Uno es un sabio reflexivo.
Escucha un ruido en los arbustos y podría ser un león. Pero también podría ser el viento, o una gacela.
– Necesito más datos antes de actuar. Voy a observar y calcular probabilidades – Piensa
El otro, que es impulsivo confiado, escucha el ruido y grita: ¡es un león corran todos detrás de mí!
En la mayoría de los casos, el impulsivo está equivocado.
Probablemente solo fue el viento. Pero en la única ocasión en que si fue un león, el impulsivo sobrevivió y salvó al grupo porque actuó rápido.
En cambio, el reflexivo fue devorado mientras calculaba probabilidades para tomar una decisión.
La selección natural no optimizó nuestro cerebro para la precisión intelectual, lo optimizó para la velocidad, para tomar decisiones y para la cohesión social. -Dice Harari-
Evolucionamos para seguir a aquellos que no dudan porque en un entorno primitivo, la duda era mortal. El que dudaba moría. Hoy se dice: ‘el que piensa, pierde’
Esto nos lleva a un fenómeno psicológico bien documentado conocido como el efecto Dunning Kruger.
Este sesgo cognitivo revela una cruda ironía. Las personas incompetentes a menudo carecen de la habilidad necesaria para darse cuenta de que son incompetentes. Su ignorancia les otorga una confianza ciega. Creen que saben exactamente qué hacer porque no ven la complejidad del problema.
Por el contrario, las personas altamente inteligentes y competentes son dolorosamente conscientes de todo lo que no saben.
Ven los matices, los riesgos, las excepciones, no ven el mundo ni los hechos en blanco y negro, como casi todos, sino que tienen la capacidad de ver los grises y eso les genera duda.
En una competencia por el liderazgo, la duda es un veneno electoral y social.
Si un candidato sabio y reflexivo dice: – el problema de la economía es complejo y requerirá años de ajustes dolorosos con resultados inciertos-
Y el otro candidato, el impulsivo, no se detiene a pensar y dice: -yo arreglo eso en una semana porque soy mejor-
Nuestro cerebro de primate que busca seguridad y protección se siente magnéticamente atraído por el segundo. Aunque sea mentira, aunque sea estúpido.
Biológicamente, la confianza se siente como competencia. Como habilidad. Hemos confundido la seguridad en si mismo con la capacidad de gestión durante milenios, por lo tanto, la estructura de poder humano es un filtro invertido. A menudo filtra y descarta a los que dudan, a los sabios, y promueve a los que creen ciegamente en sus propias simplificaciones.
Y esto no se aplica solo a la política. Lo vemos en las empresas, en los ejércitos y en las religiones.
El líder exitoso, evolutivamente hablando, no es el que tiene el mapa más preciso de la realidad, sino el que es capaz de convencer a la tribu de que sabe a dónde ir, aunque les esté llevando directamente a un precipicio.
Pero la biología de la confianza es solo la primera capa de este problema.
Hay una razón más profunda y estructural que explica porqué la inteligencia compleja es una desventaja para llegar al poder. Tiene que ver con la naturaleza misma de la cooperación humana.
Para gobernar a millones de personas, no necesitas verdades, necesitas mitos y las personas inteligentes suelen ser muy malas creando y creyendo en mitos simplistas.
La necesidad de ficciones compartidas favorece a las mentes simples sobre las complejas, es lo que podría explicar la actual arquitectura de nuestra jerarquía política.
Si aceptamos que la confianza ciega vende más que la duda razonable, debemos dar un paso más hacia la estructura de la sociedad humana.
El superpoder del Homo sapiens. Lo que nos diferencia de los chimpancés y los lobos es nuestra capacidad de cooperar flexiblemente en grandes números.
Un chimpancé alfa puede liderar a 50 chimpancés porque los conoce a todos personalmente pero para liderar a un millón de personas o a 100 millones, no puedes conocerlos a todos, necesitas algo más fuerte que el contacto personal. Necesitas una historia, necesitas, un mito. Las naciones, las religiones y las corporaciones se basan en ficciones compartidas, la Patria es sagrada, Dios nos eligió. El libre mercado es justo.
Estas historias no son verdades científicas. Son herramientas de cooperación.
Y aquí radica el problema fatal para la persona altamente inteligente y analítica.
La verdad es, casi por definición, enemiga de la cohesión social simple. La verdad suele ser gris, compleja y decepcionante. El mito debe ser blanco y negro, simple e inspirador.
Los mitos (ficciones) se construyen sobre falsos postulados irracionales e instintivos como estos: Si ellos son los malos, nosotros somos los buenos. Si ellos quieren destruir la patria, nosotros la defenderemos, Si ellos quieren acabar con la democracia, nosotros la salvaremos. Si ellos quieren destruir el país, nosotros somos sus defensores.
Imaginen una campaña política. El candidato intelectual sube al escenario y dice la verdad:
-Nuestros problemas económicos son el resultado de fuerzas globales que no controlamos del todo, requerirán sacrificios compartidos y no hay garantía de éxito total-
Es un discurso honesto, pero biológicamente no activa ninguna dopamina, no une a la tribu.
Luego sube a la tarima el candidato simplificador, al que a veces llamamos tonto, demagogo, populista y dice:
– el problema son ellos, los inmigrantes, los ricos, los extranjeros. Nosotros somos los buenos. Si me dan ese poder, destruiré a los malos y todo será perfecto. –
Este discurso es una mentira objetiva, pero es una verdad emocional.
Crea un nosotros contra un ellos. Activa la oxitocina de la pertenencia y la adrenalina de la lucha.
El sistema de selección de líderes está sesgado a favor de aquellos que pueden creerse sus propias mentiras o venderlas con convicción absoluta.
Para una mente compleja, que ve las dos caras de la moneda, es casi imposible gritar slóganes fanáticos sin sentirse ridícula o cínica. La duda intelectual actúa como un freno de mano. El líder fanático no tiene freno de mano. Acelera a fondo. Y en la carrera por el poder, el que no frena llega primero, aunque llegue al precipicio.
Además, la inteligencia crítica es un disolvente de mitos. El trabajo del intelectual es deconstruir, analizar, ver las fallas, pero el trabajo del líder es construir, unificar y motivar.
Si usted pone a un filósofo analítico a cargo de un ejército, empezará a cuestionar si la guerra es justa, si el enemigo es realmente malo y si las órdenes tienen sentido.
Eso puede ser moralmente superior, pero militarmente es un desastre.
Un ejército necesita certeza, no debate. Por eso las instituciones humanas, partidos políticos, iglesias, ejércitos, tienen un sistema inmunológico que detecta y expulsa a los demasiado inteligentes.
Si usted hace demasiadas preguntas, si ve demasiados matices, se convierte en un obstáculo para la acción colectiva, en arena en los piñones, en el palo en la rueda.
El sistema tiende a promover a personas que son lo mínimamente inteligentes para gestionar la burocracia, (‘gestionar’) pero no lo suficientemente inteligentes o valientes para cuestionar el problema central. El meollo del asunto.
Esto crea lo que podríamos llamar la dictadura de la mediocridad. No es que los líderes sean estúpidos en el sentido de bajo coeficiente intelectual. Muchos son muy astutos políticamente. Son tontos en el sentido socrático. Carecen de la sabiduría para reconocer su propia ignorancia. Creen que el mapa simplificado que tienen en la cabeza es el territorio (la vias, la falta de gestión, de obras) y esa ceguera selectiva es lo que les permite afirmar mentiras y estupideces y tomar decisiones brutales sin perder el sueño.
Algo que una persona con alta empatía y capacidad de previsión de consecuencias encontraría paralizante.
Pero hay un tercer factor, quizás el más peligroso en el siglo XXI.
Hemos creado un entorno mediático y tecnológico que ha acortado el tiempo de atención de la humanidad a unos pocos segundos y la estupidez es rápida, mientras que la inteligencia es lenta.
La velocidad de la información favorece a los cerebros reactivos sobre los cerebros reflexivos, vivimos bajo la tiranía del tiempo real. Y la verdad, lamentablemente, es lenta.
La verdad es ineficiente para verificar un hecho, para entender el contexto histórico de una guerra o para analizar las consecuencias a largo plazo de una política económica.
Usted necesita tiempo. Necesita lo que Daniel Kahneman llama el sistema 2 del cerebro, el pensamiento lento, lógico y esforzado.
Pero la estupidez es rápida. La mentira es instantánea. Un eslogan simplista o una acusación falsa pueden dar la vuelta al mundo mientras la verdad todavía se está atando los cordones de los zapatos.
En el ecosistema mediático actual, dominado por algoritmos que optimizan el enganchamiento, la interacción, la velocidad es la ventaja competitiva definitiva.
Y aquí es donde la persona reflexiva pierde la batalla antes de empezar.
Si un líder inteligente es preguntado sobre una crisis, su instinto es pausar, consultar datos y ofrecer una respuesta matizada.
En la televisión o en TikTok, esa pausa se lee como debilidad.
El matiz se lee como confusión. Por el contrario, el líder tonto, el que opera exclusivamente desde el sistema 1, rápido e intuitivo, no necesita procesar datos, reacciona con las tripas.
Lanza un tweet incendiario, una frase pegadiza, una promesa imposible.
El algoritmo adora esto. El algoritmo promociona el contenido que genera una reacción visceral ira, risa, miedo. La reflexión no genera clics, la indignación sí.
Hemos construido una máquina de selección de líderes que filtra sistemática y negativamente la profundidad.
Imaginen un filtro que solo deja pasar piedras pequeñas y redondas y retiene las piedras grandes y complejas.
Las piedras pequeñas son los líderes impulsivos. Las grandes son los estadistas pensadores.
Al final del proceso, el Congreso está lleno de ´piedritas’ que hacen mucho ruido al chocar, pero que no tienen peso para construir nada sólido.
Este entorno favorece a un tipo específico de personalidad, el narcisista con alta tolerancia al riesgo y baja vergüenza. El sinvergüenza.
Una persona inteligente y sensible suele tener un sentido del ridículo.
Teme equivocarse, teme ser atrapada en una mentira. Ese miedo actúa como un control de calidad interno.
El tonto peligroso carece de ese filtro puede contradecirse tres veces en una frase y seguir sonriendo porque no siente la disonancia cognitiva.
Y en la era de la posverdad, la falta de vergüenza es un superpoder, permite al líder moverse a una velocidad que la realidad no permite, prometiendo mundos mágicos que nunca llegarán, pero que captura la imaginación del momento. Además, la complejidad es aburrida, y el aburrimiento es el pecado capital de la sociedad del espectáculo.
Un líder que intenta explicar la realidad tal como es, difícil, interconectada, lenta, está pidiendo a la audiencia que haga un esfuerzo cognitivo.
Les está pidiendo que piensen, que pongan a trabajar su cerebro.
El líder populista ofrece entretenimiento. Convierte la política en un reality show con héroes y villanos, con giros de guión.
Nuestro cerebro de primate, que evolucionó para prestar atención a lo que brilla y a lo que asusta, es secuestrado por el espectáculo.
Votamos por el que nos entretiene, no por el que nos conviene.
Elegimos al capitán del barco no por su capacidad de navegación, sino por lo divertidas que son sus anécdotas en la cena y cuando llega la tormenta, nos sorprendemos de que el barco se hunda.
Pero el problema no son solo los líderes, somos nosotros. La estupidez en el poder es un reflejo de nuestra propia impaciencia cognitiva.
Exigimos soluciones simples a problemas complejos. Queremos que la corrupción se acabe mañana, que la economía crezca sin inflación y que la paz se logre sin sacrificios.
El líder inteligente sabe que no puede darnos eso, así que no nos lo promete.
El líder irresponsable nos dice: -Sí, claro, es fácil-
Y nosotros, como niños que prefieren los dulces a las verduras, elegimos al que nos da el dulce, aunque nos pudra los dientes.
La tecnología ha acelerado este proceso hasta el absurdo. Antes, un rey tenía consejeros, tiempo para pensar y filtros burocráticos.
Hoy, un presidente puede declarar una guerra comercial con un tuit a las 3 de la mañana desde su baño.
Hemos eliminado los amortiguadores institucionales que protegían al mundo de la impulsividad de sus gobernantes.
Hemos dado poder de dioses a personas con la madurez emocional de adolescentes y la capacidad de pensar de peces de colores y este sistema de selección negativa tiene una consecuencia final aterradora: la fuga de talento. Las personas verdaderamente competentes miran el sector público, el acoso constante, la necesidad de mentir, la superficialidad obligatoria y dicen -no, gracias- se van al sector privado, a la ciencia o al anonimato. Dejan las sillas de poder vacías para que las ocupen los que tienen menos escrúpulos y menos cerebro.
Pero ¿Es esto inevitable? ¿Estamos condenados a ser gobernados por la impulsividad hasta que colapsemos?
La biología nos dice por qué estamos aquí, pero no nos obliga a quedarnos aquí.
Entender el mecanismo es el primer paso para desactivarlo. Pero para hacerlo, necesitamos enfrentar una verdad incómoda sobre nuestra propia naturaleza.
Que en el fondo, preferimos la mentira reconfortante a la verdad difícil. De cómo nuestra propia negación alimenta a los líderes incompetentes es de lo que debemos hablar a continuación.
Es muy tentador y reconfortante culpar a los líderes. Es fácil señalarlos y decir que ellos son los corruptos e ignorantes que han sido ellos quienes nos han llevado a este desastre. Pero si queremos ser rigurosos científicamente, debemos admitir una verdad dolorosa: Los líderes no caen del cielo, salen de la sociedad. Nosotros mismos los fabricamos. Son un producto de nosotros.
En una democracia, y hasta cierto punto, en cualquier sistema que requiera apoyo popular, El líder es un avatar de la psique colectiva.
Si los tontos gobiernan, es porque una parte significativa de nosotros desea ser gobernada por tontos, o, para ser más precisos, desea ser gobernado por mentiras reconfortantes.
Existe un contrato psicológico implícito entre el gobernante y el gobernado. Nosotros, los ciudadanos, estamos aterrorizados por la complejidad y la aleatoriedad del mundo. Nos asusta saber que el clima es inestable, que la economía es frágil y que la seguridad es una ilusión.
Esa ansiedad es difícil de soportar. Así que buscamos a alguien que haga el papel de padre protector. Buscamos a alguien que nos mire a los ojos y nos diga que todo va a estar bien.
Yo tengo el control. No tienen de que preocuparse, no tienen que cambiar su forma de pensar y de elegir.
El líder inteligente y honesto no puede firmar ese contrato.
Sabe que no tiene control total. Sabe que para que todo esté bien, nosotros tenemos que cambiar. Así que nos dice la verdad. Tienen que consumir menos. Tienen que trabajar más. Tienen que adaptarse. Y nuestra reacción instintiva es el rechazo. Sentimos que nos ha fallado. Nos hace sentir inseguros. Así que lo despedimos en las urnas y contratamos al charlatán que nos dice lo que queremos oír.
Somos cómplices de la incompetencia. Preferimos la fantasía de la seguridad a la realidad del riesgo.
El líder narcisista e impulsivo actúa como un espejo de nuestro propio narcisismo colectivo. Nos dice que somos especiales, que nuestra nación es la mejor, que nuestros problemas son culpa de otros. Valida nuestro ego tribal y el cerebro humano es adicto a la validación.
Preferimos un líder que nos halague a uno que nos eduque. Además, hay una dinámica evolutiva relacionada con la lealtad.
En nuestra historia tribal, la competencia era importante, pero la lealtad lo era más.
Un genio que no fuera leal a la tribu era peligroso. Podía traicionarnos o irse.
Un tonto leal, en cambio, era predecible y seguro. Evolucionamos para desconfiar de la inteligencia excesiva porque la asociamos con la astucia y el engaño.
-Es demasiado bueno para ser verdad- Decimos con sospecha. Esta desconfianza anti intelectual está grabada en nuestro ADN cultural. A menudo percibimos la complejidad intelectual como elitismo. Si alguien habla con palabras difíciles sobre conceptos abstractos, sentimos que nos está excluyendo, que nos está haciendo sentir inferiores.
El líder populista, al hablar con un vocabulario simple, cometer errores gramaticales o de protocolo, nos envía una señal.
-Soy uno de Ustedes- -No me creo mejor que ustedes-
Esa señal de autenticidad, que a menudo es fabricada, triunfa sobre la señal de competencia. Estamos atrapados en un bucle de retroalimentación de negación.
Tenemos problemas complejos, la corrupción, la inseguridad, el sistema de salud, la falta de vías, que requieren soluciones complejas pero las soluciones complejas duelen. Así que elegimos líderes que niegan la existencia de los problemas o nos entretienen con soluciones mágicas.
El cambio climático es un engaño. Nuestro sistema de salud es perfecto. No hay desigualdad ni concentración de la riqueza en Colombia. El líder incompetente nos induce a seguir viviendo en nuestra burbuja de negación un poco más ,culpando a otros por lo que él mismo no quiere ver y que rara vez entiende. Es el facilitador de nuestra adicción a la comodidad. Y aquí entra el factor de la responsabilidad.
Si elegimos a un líder sabio que nos dice la verdad, entonces nosotros también somos responsables del destino del país.
Tenemos que actuar. Pero si elegimos a un payaso, el circo es culpa suya.
Podemos sentarnos en el sofá, mirar la televisión y quejarnos.
Elegir gobernantes incompetentes es, paradójicamente, una forma de evadir nuestra propia responsabilidad cívica. Nos permite mantenernos en un estado de infancia política perpetua. Por lo tanto, la crisis de liderazgo no es un problema de suministro. Hay gente inteligente disponible. Es un problema de demanda.
No estamos comprando sabiduría. Estamos comprando ansiolíticos políticos y mientras sigamos exigiendo que nos mientan, siempre habrá alguien dispuesto a vendernos la mentira.
Pero la realidad tiene una característica obstinada. No desaparece porque la ignoremos.
Las leyes de la física, de la biología y de la economía no responden a los discursos carismáticos ni a los tweets virales.
Un virus no se detiene porque un presidente diga que es una gripe pequeña.
La paz no se obtiene porque el Congreso vote una ley que diga que es obligatoria.
La inseguridad no se acaba por decreto.
El problema de la drogadicción no se acaba con decretos prohibiendo que los adictos consuman.
La incompetencia en el poder tiene un precio. Y ese precio se paga en muertes, guerras y desastres.
La historia está llena de imperios que colapsaron porque sus élites se desconectaron de la realidad y se rodearon de psicofantes que les decían lo que querían oir.
Estamos en peligro de repetir ese ciclo en estas elecciones de Congreso.
La pregunta final, entonces, no es cómo cambiamos a los líderes, sino cómo cambiamos nosotros para dejar de necesitar ese tipo de liderazgo.
¿Es posible romper este ciclo evolutivo? ¿Podemos piratear nuestra propia biología para valorar la competencia aburrida por encima del carisma peligroso?
La respuesta no es sencilla, pero es nuestra única esperanza.
Si la biología nos empuja hacia los líderes carismáticos pero incompetentes y si el mercado premia la confianza sobre la sabiduría, estamos condenados. ¿Es el destino de Colombia ser gobernada por la estupidez hasta que colapsemos?
La respuesta corta es no. La biología no es destino. Tenemos la capacidad única de crear cultura e instituciones que corrijan nuestros fallos evolutivos.
Del mismo modo que inventamos gafas para corregir la miopía, podemos inventar sistemas políticos para corregir nuestra miopía cognitiva.
La solución no es esperar a que aparezca un rey filósofo perfecto.
La solución es asumir que los líderes siempre serán humanos defectuosos, propensos a la arrogancia y al error, y diseñar sistemas que sean robustos a pesar de ellos. Necesitamos recuperar y fortalecer las instituciones que actúan como frenos de mano ante la impulsividad.
La ciencia, el periodismo de investigación lento, la independencia judicial y la burocracia experta no son obstáculos para el progreso.
Son los cinturones de seguridad que nos impiden estrellarnos cuando un conductor borracho de poder toma el volante.
Debemos dejar de ver la lentitud institucional como un defecto y empezar a verla como una característica de seguridad.
En un mundo de armas nucleares e ingeniería genética, la eficiencia rápida de una dictadura o de un populismo autoritario es un peligro mortal.
Preferimos un sistema democrático que tarde dos años en aprobar una ley, porque en ese tiempo hay debate, hay revisión y hay corrección de errores.
La lentitud es el precio de la seguridad. Pero el cambio más profundo debe ocurrir a nivel individual en la mente de cada votante y ciudadano.
Necesitamos realizar una especie de entrenamiento del paladar político.
Evolutivamente, nos gustan los dulces. Azúcar, pero hemos aprendido que el exceso de azúcar nos mata, Así que nos entrenamos para comer verduras.
Evolutivamente, nos gustan los líderes fuertes y simplistas, azúcar político, pero debemos aprender que nos matan. Tenemos que desarrollar el gusto adquirido por la complejidad, el matiz y la competencia aburrida. Tenemos que aprender a desconfiar de nuestra propia reacción emocional ante un líder.
Si alguien te hace sentir eufórico, ten cuidado. Si alguien te hace sentir que todo es fácil, huye. Si alguien te dice que la culpa es de uno de nosotros, te está manipulando.
La madurez política consiste en votar no con el estómago, sino con la corteza prefrontal.
Consiste en elegir al cirujano que tiene las manos firmes y sabe anatomía, no al que te cuente los mejores chistes mientras te desangras.
Además, debemos revalorizar la duda. En el siglo XXI, la frase ‘no lo sé’ debería ser una señal de competencia, no de debilidad. Un líder que admite no saberlo todo es un líder que está abierto a aprender a escuchar a los expertos y a cambiar de opinión cuando cambian los datos.
«solo los estúpidos no cambian de opinión cuando cambian las circunstancias» dijo por ahí un expresidente. Como dijo el ñero: «palabras sabias»
Ese es el tipo de flexibilidad mental que necesitamos para sobrevivir a la inteligencia artificial y al cambio climático.
El dogmatismo es rígido y lo rígido se rompe. La humildad es flexible y lo flexible sobrevive.
Estamos en una carrera contra el tiempo. Nuestra tecnología se vuelve cada día más poderosa, mientras que nuestra sabiduría política parece estancada o en retroceso.
Es una combinación explosiva. Un primate con un palo puede hacer poco daño. Un primate con un botón nuclear o un laboratorio de virus puede acabar con la historia. No podemos permitirnos tener tontos al mando de dioses tecnológicos.
La brecha entre nuestro poder y nuestra prudencia es demasiado grande.
Para cerrar esta brecha, necesitamos una ciudadanía que se niegue a ser tratada como una masa infantil. Necesitamos personas que apaguen el ruido, que lean libros difíciles, que conversen con quienes piensan diferente y que exijan verdad en lugar de consuelo.
Los tontos gobiernan el mundo solo porque los dejamos. Gobiernan porque su confianza nos seduce y porque su simplicidad nos alivia.
Pero el mundo no es simple. El mundo es hermoso, terrible y complejo y merece ser gobernado por mentes que respeten esa complejidad.
La próxima vez que sientas el impulso de seguir a quien grita más fuerte, detente. Recuerda que tu cerebro te está jugando una mala pasada evolutiva.
Respira y busca a quien esté pensando en silencio.
Finalmente, la respuesta a la pregunta que titula esta columna, podría ser entonces muy simple y lapidaria: porque son … ¡Brutos, pero decididos!
* Tomado de La Pluma del Gato