El próximo 3 de febrero, cuando el presidente de Colombia, Gustavo Petro, entre a la Casa Blanca y estreche la mano del jefe del imperio americano, el superpoderoso Donald Trump, pondrá el sello a la etapa final de su mandato, calmará de manera definitiva las aguas embravecidas que amenazaron con hundir el barco de su Administración y llevarlo a la cárcel o la tumba, dejará sin argumentos a la oposición de extrema derecha, reescribirá su propia historia, y de paso, renovará la alianza que por siglos, y con altibajos, ha tenido Bogotá con Washington.
Será una cita histórica que buscará cerrar heridas y recomponer la confianza, vital en cualquier relación armónica. Aunque Petro ya había estado en dos oportunidades, el 20 de abril y el 3 de noviembre de 2023, en la sede política más importante del mundo. Durante la presidencia del demócrata Joe Biden habló, en la Sala Oval, de temas bilaterales como el cambio climático, la protección de la Amazonía, el proceso de paz con las Farc, la integración regional, y un enfoque alternativo a la sustitución de cultivos de uso ilícito en la lucha contra el narcotráfico. Además, de comercio bilateral y migración.
En su segundo encuentro con Biden, abordó otros asuntos como la Alianza para la Prosperidad Económica en las Américas (APEP), junto a otros 11 líderes de la región. La palabra integración estaba entonces de moda y se hablaba de impulsar la economía con iniciativas que permitieran diversificar exportaciones, aumentar la industrialización, apalancar la sostenibilidad ambiental y abordar con sentido humanitario la crisis migratoria en el continente.

Eran tiempos muy diferentes, precisamente porque entre Petro y Biden existía cierta química personal, respeto y reconocimiento mutuo. Esta vez, el encuentro en la Casa Blanca se dará en el marco de una coyuntura totalmente diferente, con una agenda externa dominada por la construcción de un nuevo orden internacional en el que Trump ha dejado atrás el diálogo y la concertación, y ha dado paso a la imposición de las reglas de juego, usando la fuerza, los aranceles y la intimidación para lograr sus objetivos.
La Nueva Estrategia de Seguridad Nacional no se presta a la interpretación. América Latina es el patio trasero y allí solo hay espacio para una doctrina, un imperio, una sola voz y una manera de entender el planeta. El encuentro Trump-Petro solo puede entenderse dentro del alcance de esa Nueva Estrategia, que introduce el corolario Trump, y le asigna a Colombia el papel de “socio amigo”, con un enorme potencial de temas de interés para Estados Unidos como infraestructura, ciberseguridad y minerales críticos. Y que es fundamental en la lucha contra el narcotráfico, las migraciones y la seguridad fronteriza con Venezuela, en especial, pero también con otros diez países con los que comparte límites.
Trump tiene claro que la estabilidad de Venezuela, necesaria para la administración y explotación de las inmensas reservas de petroleo, y el tránsito hacia una democracia made in USA, requiere mantener a Colombia estable, garantizar la finalización pacífica del mandato de Petro, unas elecciones presidenciales en paz y una transición hacia un nuevo gobierno en el que la bandera antiimperialista no genere ruidos innecesarios a la proyección económica de la región. Al fin y al cabo, Colombia y Venezuela son hermanas siamesas, y lo que afecte a una nación impacta a la otra, de manera irremediable.

Por ello, cerrar el largo capítulo de agresiones personales y abrirle espacio a un nuevo período de relaciones marcadas por el pragmatismo y el realismo, tiene más beneficios para Colombia y la región que seguir alimentando el monstruo de la confrontación. Incendiar a Colombia con una agresión militar o la asfixia económica no es un buen consejo, ni ahora ni nunca. La extrema derecha colombiana que imploró de rodillas, en Miami, Nueva York y Washington, que Petro fuera extraído y encarcelado como Nicolás Maduro, creía, de manera infantil, que trataban con el jefe de una cuadrilla paramilitar y no con el jefe del imperio, que sabe con exactitud qué ocurriría en Colombia si Petro, elegido democráticamente por más de 11 millones de ciudadanos, fuera depuesto y tratado como un narcotraficante.
El gran reto de Petro es cómo alinear los intereses vitales de Colombia y sus principios de soberanía y libre autodeterminación con la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional, que le reconoce a Colombia un papel vital, borra el ideario de Biden y revive con fuerza la Doctrina Monroe, con todo lo que ella implica para el continente. La Cancillería de Colombia tiene ante sí la mayor tarea del cuatrienio: llegar a Washington con una agenda que reivindique la soberanía de Colombia, impulse los temas esenciales y encuentre el camino para que la relación bilateral no sea de subordinación total, sino de colaboración plena. Se ve difícil, más no imposible. Trump no negocia, impone. El imperio no seduce, toma lo que cree que es suyo.
¿Qué puede salir de ese encuentro? Además de la histórica foto que marcará la reconciliación de dos lideres que se dispararon durante meses trinos cargados de intolerancia que amenazaron la estabilidad democrática de Colombia y la libertad de Petro, se espera que salga una declaración que marque una ruta para afrontar asuntos esenciales como la seguridad nacional, la lucha contra el narcotráfico, el papel de Colombia en la transición de Venezuela, el comercio bilateral.

La exclusión de China, Rusia e Irán del continente, así como la alineación total de Colombia a Estados Unidos, estarán orbitando como asuntos no negociables para Trump y Marco Rubio. La lucha contra el narcotráfico tendrá un giro hacia el pragmatismo, es decir, más mano dura, menos hectáreas sembradas. La Paz Total también se verá afectada. La visión de Washington es no a la negociación con terroristas, y en esa lista están el ELN, las Disidencias y el Clan del Golfo. Un acuerdo en este campo significará negociar, pero con resultados y control territorial del Estado.
Para esas organizaciones ilegales, los meses de Gobierno que le restan a Petro pueden ser una ventana de oportunidad para dejar las armas. Lo que viene en este campo es el cierre de la salida negociada, si Trump decide, como tanto anuncia, bombardear los campos de los narcotraficantes en México, Colombia o Venezuela.
Después del 3 de febrero, Colombia será mirada con otros ojos. Y el Petro que salga de ahí tendrá un nuevo halo. Tal vez ya no sea visto como el mártir que buscaba inmolarse en la Casa de Nariño, como Allende, sino como un estadista global, consciente de su responsabilidad en el diseño de un destino más seguro y digno para Colombia, en una relación armónica y productiva con la superpotencia, sin que ello signifique renunciar a la diversificación de la agenda internacional del país.
El pragmatismo absoluto reina hoy en Colombia. Es mejor un Trump que diga que es un honor hablar con Petro, que un Trump que lo llame líder del narcotráfico. Y ese mensaje de reconocimiento internacional de Petro como líder de la resistencia y la dignidad latinoamericana será el que se pondrá como eje de la comunicación institucional para impactar la campaña del 2026, garantizar la continuidad de su proyecto político con Iván Cepeda, y borrar la narrativa de la extrema derecha, que hoy alimenta con titulares y encuestas un tigre con el que busca asustar a la izquierda y frenar el cambio que prometió Petro. Un tigre que tiene en la caída de Alex Saab, en Venezuela, una amenaza al teflón de su campaña.
@HubertAriza
* Tomado de El País América