Lisa, Homero Simpson y la izquierda

Por VÍCTOR DE CURREA-LUGO*

En diciembre pasado, en Sudáfrica, nos preguntamos por qué no logramos movilizar al mundo frente al genocidio palestino como habríamos querido. Yo eché mano de una analogía de Los Simpson para explicar nuestras limitaciones comunicacionales. Retomo esa metáfora entre Lisa y Homero para explicar algunos problemas de la izquierda.

Lisa Simpson encanta, toca el saxofón, cita autores importantes, lucha contra el cambio climático y tiene un perfil de lo que hoy llamaríamos un intelectual. Lisa entiende cuando le hablan de historia o de antropología y, por lo mismo, representa una parte de la humanidad.

Pero esa parte es ínfima, minoritaria, poco relevante. Se conocen entre ellos, en el club de lectura, los cineclubes, las galerías de arte, las marchas anti-algo y los escenarios de la política progresista, pero poco más allá.

El otro es Homero, bruto, orgullosamente bruto, ejemplo de la sociedad de consumo, sin memoria política, sin capacidad de análisis, altamente influenciable. Lo define y lo moldea la televisión; tan simple como cambiante.

El problema es que en el mundo hay pocas Lisas y muchos Homeros, la humanidad está más cerca de la mediocridad de Homero que del pensamiento crítico de Lisa. Además, el voto de Lisa vale lo mismo que el de Homero y, peor aún, la izquierda escribe y habla pensando en Lisa, no en Homero. ¿qué podría salir mal? Todo. Lisa no convence ni a los de su clase. Supongamos un párrafo de ella invitando a unas elecciones:

“En el marco de una coyuntura electoral atravesada por las múltiples violencias del capitalismo tardío, invitamos a una reflexión colectiva, interseccional y situada sobre la necesidad de ejercer un voto consciente, crítico y transformador, que tenga en cuenta las dinámicas de poder, las epistemologías del sur y los silencios históricos que han marginado a los sujetos subalternos, sin perder de vista la urgencia climática ni la ética del cuidado como horizonte político irrenunciable”.

Esto es cierto, pero absolutamente intragable. Eso no solo no lo entiende la mayoría llena de Homeros, sino que tampoco lo entiende Marge. Y los pocos que entienden son otras Lisas dispuestas a destrozar el texto y a matizar cada afirmación citando a un autor de moda o criticando, desde su pureza moral, el enunciado. Así somos.

Lisa escribe y debate sobre la importancia de las hormigas, cuidándose de no ofenderlas, mientras la vida de Marge transcurre por encima y por fuera de las alusiones a las hormigas. Y a Homero, qué pena por ser tan prosaico, poco o nada le importa la promesa izquierdista de justicia epistémica (cualquier cosa que esto signifique).

Mientras tanto, la derecha de Milei, de Bukele, de Bolsonaro, de Trump, habla a los Homero, los convence, y poco importa si dicen verdades, si cumplen lo prometido y si son terraplanistas o antivacunas. Homero mira a Trump porque lo representa. Esa sí es una identidad, a diferencia del culto identitario, que solo produce divisiones entre quienes antes eran compañeros de lucha.

Homero no habla como Lisa

Uno de los grandes errores, además de hablar como Lisa, es esperar que Homero use esas categorías elevadas o que, por lo menos, las entienda. Y eso no es real. Pero si uno dice eso, le contestan que:

“que no, que así no se puede decir, que estás simplificando, que Homero también tiene saberes, que no hay que subestimarlo, que ese enfoque es elitista, que el problema no es el lenguaje sino el capitalismo, que toda crítica a la corrección política es funcional a la derecha, que revisar cómo hablamos es ya una forma de acción política radical, y que, además, habría que empezar pidiendo disculpas por el uso del nombre Homero como categoría analítica porque refuerza estigmas y reproduce violencias simbólicas que, aunque no maten, excluyen”.

esa corrección política no solo se ha vuelto un obstáculo en la comunicación, sino que también se ha elevado al único campo de batalla. No hay más en donde pelear, basta la batalla semántica y lingüística, y si la ganamos, nos podemos ir a dormir tranquilos, aunque los muertos sigan en Gaza.

Por eso, antes, un internacionalista era alguien que fue a combatir en la Guerra Civil Española con las Brigadas Internacionales; luego fue quien estudió eso y, ahora, cualquier persona con un grupo de WhatsApp y cierta agilidad para corregir el lenguaje del otro.

Preguntarse hasta qué punto eso ha afectado procesos políticos en Chile, Colombia, Brasil, España y otras partes del mundo no es desviar el debate, es una necesidad que las izquierdas no quieren asumir.

Esa noción de que hablar profundo es lo mismo que hablar oscuro, nos llevó a perder lo simple; de la misma manera que en la paranoia antropológica le dejamos la ciencia a la derecha. Lo simple tiene una fuerza brutal que, por ejemplo, Trump entendió.

Si la izquierda no aprende a comunicarse en términos que Homero entienda sin sentirse ignorado ni ridiculizado, estamos condenados a discutir con nosotros mismos, como si las urnas fueran un salón académico y no una plaza pública donde la mayoría decide con su voto.

En otras palabras: no basta con tener razón; hay que hablar un idioma que el votante pueda escuchar sin pasar por la cátedra de Yale. Y eso, por ahora, sigue siendo la asignatura pendiente de un sector que prefiere hablar con Lisa mientras Homero decide su voto en silencio… y no precisamente a favor de la corrección política, ni de la superioridad moral.

* Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente del autor y no reflejan necesariamente la posición de la institución para la cual trabaja. El autor es el asesor presidencial para las relaciones internacionales, del gobierno colombiano.

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