Por YESS TEHERÁN
El 31 de diciembre de 2025 a las 8:00 p. m., mientras algunos se alistaban para despedir el año junto a familia y amigos, muchísimos otros nos apoltronábamos en el sofá para despedir, de la mano de Netflix, el final de una serie que durante una década marcó a una generación entera: Stranger Things.
El episodio final de la quinta temporada fue lanzado en la plataforma de streaming con duración de un poco más de dos horas, cerrando la historia de Once (interpretada por Millie Bobby Brown) y sus amigos en el pueblo de Hawkins. Sin ánimo de posar de spoiler, diré que el final fue digno de toda la serie. Si bien existen algunos aspectos criticables que pudieron desarrollarse mejor y personajes que merecían mayor profundidad, no puede perderse de vista que eran muchos los personajes en acción; enfocarse de manera individual en cada uno habría derivado en un episodio interminable y aburrido. Por el contrario, la serie supo encontrar un cierre adecuado (desde la lógica de su propia trama) para todos sus protagonistas, coherente con las reglas narrativas que se impusieron desde el inicio de Stranger Things.
Sin embargo, tras haber terminado el episodio, fue inevitable detenerme en ciertos aspectos que admiten múltiples lecturas, en particular el manejo del trauma a través de dos personajes, Will y Henry. Ambos se enfrentan al recuerdo más terrorífico de Henry, aquel del que estuvo huyendo durante toda la temporada: lo ocurrido en la cueva cuando era niño. Aquí resulta pertinente volver sobre una idea que los personajes de Max y Holly repiten con frecuencia: “no importa lo que veas, es sólo un recuerdo; no puede lastimarte”. Discrepo de esa afirmación, pues enfrentar un trauma no es nada sencillo y los recuerdos, aunque no nos dañen en tiempo real, sí pueden herirnos y dejarnos atrapados en el momento en que ocurrieron.
Will y Henry representan dos maneras de enfrentar un trauma: puedes dejar que consuma cada parte de lo que eres, como ocurre con Henry, hasta que el dolor y tú se fundan en uno solo y termines convertido en un monstruo arácnido que hiere a los demás; o puedes elegir el camino de Will, que es el más difícil. Resistir, luchar, entender que no eres débil, aunque eso te tome años; caer, volver a caer y seguir cayendo, porque siempre habrá amigos que te ayuden a levantarte, si lo permites. Un día aceptarás lo que sucedió y, cuando menos lo esperes, llegará ese momento en el que no pensarás en aquello que te hizo daño en absoluto.
Escoger el camino de Henry resulta fácil, porque el dolor nos enceguece y nos aísla: paraliza nuestras defensas y lo único que deseamos es dejar de sentir miedo; la ira se convierte entonces en la forma más rápida de hacerlo. Elegir el camino de Will implica aceptar que el miedo volverá muchas veces, pero también comprender que eso no nos hace débiles, sino humanos, conscientes además de que no pueden controlarlo todo. Will y Henry nos muestran apenas dos de los muchos caminos posibles para enfrentar un trauma; quizá no exista uno correcto, salvo aquel que nos conduzca a la paz sin causar daño a los demás.
El final de Stranger Things sin duda dará mucho de qué hablar, pues cuenta con las suficientes capas argumentales para alimentar largas conversaciones entre cafés y cervezas con amigos, repasando los sustos, los aciertos y errores de la serie, así como las teorías de los fans que lograron acertar y aquellas que nunca estuvieron cerca. Lo cierto es que esta historia nos devolvió, por un momento, a los años 80: una banda sonora inolvidable, las veladas interminables de Calabozos y Dragones e incontables referencias a películas icónicas de aquella época. Más allá de los monstruos y lo sobrenatural, Stranger Things se despide recordándonos que crecer duele, que el pasado deja marcas y que enfrentarlo —acompañados— puede ser la forma más honesta de seguir adelante.